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lunes, 26 de noviembre de 2012

Hey, hey, io, io

Hey, hey, io, io (Jonathan"Mono" Funes y Maximiliano"Mapi" Hische, 6° Escuela abierta 2012)
Lucho duerme con los calzones al aire,
se levanta y no ve a nadie.
Llegamos al colegio y nos rompen las bolas,
porque en el boletín tenemos malas notas.
No sabemos francés y un poquito de inglés,
pero en matemáticas tenemos diez.
Yo en la hora de clase me rasco los huevos,
si querés desaprobame que en diciembre nos vemos,
si te peleás con Borri aguantá la que se viene,
es un negro mafioso y además pega fuerte,
esto es sencillo y no tiene mucha ciencia,
no te juntes con Ale que es mala influencia,
no tenemos Historia mucho menos Sociales,
pero están Cami y Maira que son 2 intelectuales,
no lo digo con maldad mucho menos con envidia,
me parece que los libros son parte de su comida
y con esta rima ya damos la retirada
hasta el jueves profe que tenga buen fin de semana

martes, 28 de agosto de 2012

Roberto Arlt



 

EL ORIGEN DE ALGUNAS PALABRAS DE NUESTRO LÉXICO POPULAR. Roberto Arlt

Ensalzaré con esmero el benemérito "fiacún".

Yo, cronista meditabundo y aburrido, dedicaré todas mis energías a hacer el elogio del "fiacún", a establecer el origen de la "fiaca", y a dejar determinados de modo matemático y preciso los alcances del término. Los futuros académicos argentinos me lo agradecerán, y yohabré tenido el placer de haberme muerto sabiendo que trescientos sesenta y un años después me levantarán una estatua. No hay porteño, desde la Boca a Núñez, y desde Núñez a Corrales, que no haya dicho alguna vez: -Hoy estoy con "flaca". O que se haya sentado en el escritorio de su oficina y mirando al jefe, no dijera: -¡Tengo una "fiaca"! De ello deducirán seguramente mis asiduos y entusiastas lectores que la "fiaca" expresa la intención de "tirarse a muerto", pero ello es un grave error. Confundir la "fiaca" con el acto de tirarse a muerto es lo mismo que confundir unasno con una cebra o un burro con un caballo. Exactamente lo mismo.Y sin embargo a primera vista parece 'que no. Pero es así. Sí, señores, es así. Y loprobaré amplia y rotundamente, de tal modo que no quedará duda alguna respecto a misprofundos conocimientos de filología lunfarda Y no quedarán, porque esta palabra es auténticamente genovesa, es decir, unaexpresión corriente en el dialecto de la ciudad que tanto detestó el señor Dante Alighieri. La "fiaca" en el dialecto genovés expresa esto: "Desgano físico originado por la falta de alimentación momentánea". Deseo de no hacer nada. Languidez. Sopor. Ganas deacostarse en una hamaca paraguaya durante un siglo. Deseos de dormir como los durmientesde Efeso durante ciento y pico de años.  Sí, todas estas tentaciones son las que expresa la palabreja mencionada. Y algunasmás. Comunicábame un distinguido erudito en estas materias, que los genoveses de la Boca cuando observaban que un párvulo bostezaba, decían: "Tiene la 'fiaca' encima, tiene". Y deinmediato le recomendaban que comiera, que se alimentara. En la actualidad el gremio de almaceneros está compuesto en su mayoría por comerciantes ibéricos, pero hace quince y veinte años, la profesión de almacenero enCorrales, la Boca, Barracas, era desempeñada por italianos y casi todos ellos oriundos deGénova. En los mercados se observaba el mismo fenómeno. Todos los puesteros, carniceros, verduleros y otros mercaderes provenían de la "bella Italia" y sus dependientes eranmuchachos argentinos, pero hijos de italianos. Y el término trascendió. Cruzó la tierra nativa, es decir, la Boca, y fue desparramándose con los repartos por todos los barrios. Lo mismo sucedió con la palabra "manyar" que es la derivación de la perfectamente italiana "mangiar la lollia", o sea "darse cuenta". Curioso es el fenómeno pero auténtico. Tan auténtico que más tarde prosperó este otro término que vale un Perú, y es el siguiente: "Hacer el rosto". ¿A que no se imaginan ustedes lo que quiere decir "hacer el rosto"? Pues hacer el rosto, en genovés, expresa preparar la salsa con que se condimentarán los tallarines. Nuestros ladrones la han adoptado, y la aplican cuando después de cometer un robo hablan de algo que quedó afuera de la venta por sus condiciones inmejorables. Eso, lo que no pueden vender o utilizar momentáneamente, se llama el "rosto", es decir, la salsa, que equivale a manifestar: lo mejor para después, para cuando haya pasado el peligro. Volvamos con esmero al benemérito "fiacún". Establecido el valor del término, pasaremos a estudiar el sujeto a quien se aplica. Ustedes recordarán haber visto, y sobre todo cuando eran muchachos, a esos robustos ganapanes de quince años, dos metros de altura, cara colorada como una manzana reineta,pantalones que dejaban descubierta una media tricolor, y medio zonzos y brutos. Esos muchachos eran los que en todo juego intervenían para amargar la fiesta, hasta que un "chico", algún pibe bravo, los sopapeaba de lo lindo eliminándoles de la función. Bueno, esos grandotes que no hacían nada, que siempre cruzaban la calle mordiendo un pan y con un gesto huido, estos "largos" que se pasaban la mañana sentados en una esquina. o en el umbral del despacho de bebidas de un almacén, fueron los primitivos "fiacunes". A ellos se aplicó con singular acierto el término.  Pero la fuerza de la costumbre lo hizo correr, y en pocos años el "fiacún" dejó de ser el muchacho grandote que termina por trabajar de carrero, para entrar como calificativo de la situación de todo individuo que se siente con pereza. Y, hoy, el "fiacún" es el hombre que momentáneamente no tiene ganas de trabajar. La palabra no encuadra una actitud definitiva como la de "squenun", sino que tiene una proyección transitoria, y relacionada con este otro acto. En toda oficina pública o privada, donde hay gente respetuosa de nuestro idioma, y un empleado ve que su compañero bosteza, inmediatamente le pregunta:  -¿Estás con "fiaca"? Aclaración. No debe confundirse este término con el de "tirarse a muerto", pues tirarse a muerto supone premeditación de no hacer algo, mientras que la "fiaca" excluye toda premeditación, elemento constituyente de la alevosía según los juristas. De modo que el"fiacún" al negarse a trabajar no obra con premeditación, sino instintivamente, lo cual lo hace digno de todo respeto.

 

 

 

 

 


Mini biografía Blaisten

* Isidoro Blaisten nació en 1933 en Concordia, Entre Ríos. Fue periodista, fotógrafo y librero. Publicó catorce libros, entre ellos: Cerrado por melancolía (cuentos), Cuando éramos felices (ensayos), Al acecho (cuentos).Murió en 2004, año en que se editó su única novela: Voces en la sombra. "La salvación" pertenece al libro de cuentos del mismo nombre (1971).(c) Herederos de Isidoro Blaisten.

La salvación. Blaisten


 
Buenas tardes, señor -dijo el viejo-, ¿qué desea?

-Señor -dijo el hombre que buscaba la salvación-, ¿tiene algo que me salve?.

El viejo dejó el lápiz encima de la boleta, lo corrió justo hasta el borde del talonario, cerró las tapas, apoyó las manos sobre el mostrador, ladeó la cabeza, y se lo quedó mirando por encima de los lentes.

El hombre ya empezaba a ponerse nervioso.

Por fin, el viejo dijo:

-Ajá, ¿conque algo que lo salve?

-Sí. ¿Tiene? -preguntó el hombre esperanzado.

El viejo tiró de la punta que asomaba apenas, extrajo el lápiz y dio unos cuantos golpecitos en el mostrador.

-Conque algo que lo salve -dijo nuevamente.

"Qué despacioso", pensó el hombre, "parece un telegrafista".

El viejo arrugó la cara y miró los estantes de arriba, con un ojo achicado, como si estuviera recordando. Después volvió a observar al hombre, salió de atrás del mostrador, y se alejó hacia el fondo del local, que era muy largo y bastante oscuro. Regresó empujando lentamente una escalera con rueditas, que estaba unida por un riel a los estantes de arriba.

El hombre notó que el viejo renqueaba un poco de la pierna derecha. Creyó que iba a subir, porque ya había apoyado la escalera, muy cerca de él, como a cinco pasos, pero el viejo la sacudió un poco verificando la solidez de los peldaños, se sonrió y dijo:

-Ahora, señor, si usted se diera vuelta...

-¡Eso nunca! -dijo el hombre con el rostro demudado y haciendo un ademán de irse.

- Por favor -dijo el viejo sonriéndose más todavía-.

Por favor -volvió a decir-. No me interprete mal. Tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y cierre los ojos.

El hombre se dio vuelta y cerró los ojos.

El viejo tardaba. Por fin oyó que subía, respirando fuerte, como si le costase.

El hombre hizo un amago de girar el cuerpo. Desde lo alto escuchó la voz del viejo.

- Ah, no, así no vale. Ya le dije que tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y cierre los ojos. ¡Y no espíe, eh!

El hombre apretó fuertemente los párpados, tanto, que la cara se le distendió en una mueca, como si estuviese riendo con la boca cerrada.

Atrás, arriba, el viejo estaba revolviendo algo, alguna mercadería, que hacía ruido a lata. De pronto el sonido cesó.

El hombre sintió que el corazón le empezaba a latir apresuradamente. Tu vo miedo. El viejito no la podía encontrar.Ya la había vendido toda. Se daría vuelta en la escalera, y le diría:

- Señor mío, lo siento mucho. No queda más. Ya puede mirar. Y bajando despaciosamente los escalones, agregaría:

- Hasta la semana que viene no hay nada que hacer... Usted tendría que darse una vueltita el jueves, o más seguro el viernes.

Entonces él, saturado de cansancio, preguntaría por rutina:

-Y dígame, señor, ¿no sabe dónde se podrá conseguir por acá cerca?

-Pero no le estoy diciendo, señor, que la semana entrante la recibimos seguro -insistiría el viejo ya un poco amoscado y apoyando la pierna renga en el suelo.

-No, no puedo esperar. Gracias -y tendría que irse, y suicidarse con bicloruro de mercurio.

Pero no fue así. El viejo seguía revolviendo cosas. "Probablemente debe de haber cajas de cartón, también", pensó el hombre, porque por momentos el ruido a lata se amortiguaba.

El viejo dijo:

-Ajá, já, por ai cantaba Garay.

Por la forma como le salió la voz, parecía que estaba tironeando de algo. "Como si estuviera sacando una muela", pensó el hombre.

-Ya está -dijo el viejo.

El hombre dio un salto. Una media vuelta como los soldados.

- Ah, no -dijo el viejo desde arriba-, sin darse vuelta.

El hombre volvió a su posición. No había alcanzado a ver más que el saco color gris rata del viejo, un poco del pantalón marrón, de un marrón muy antiguo, porque le trajo un recuerdo impreciso de cuando era chico, y dos rayas anchas y blancas.

La escalera empezó a crujir. El viejo bajaba. Al hombre le pareció que el descenso se le hacía interminable. De frente, escondiendo algo detrás de la espalda, el viejo tarareaba las palabras como los chicos:

-Ya está, ya está, ya está.

Llegó hasta donde estaba el hombre.

- Ahora, sin espiar, se me va a dar vuelta para el otro lado -dijo.

Y le apoyó la mano libre en el hombro, lo ayudó a girar, y verificó que tuviese los ojos bien cerrados.

-¿Ya está? -preguntó el hombre.

-Ya va a estar, ya va a estar -dijo el viejo pasando detrás del mostrador.

Hizo un ruido con la bobina que al hombre le pareció raro, sobre todo al tirar del papel y al cortarlo. Pensó que ya estaba exagerando. "Cuánta parsimonia", se dijo. "Evidentemente, ya está haciendo el paquete. "Y lo que el viejito le estaba por vender debía de ser bastante pesado, porque hizo un ruido contundente al ponerlo sobre el mostrador.

- ¿Ya está? -volvió a preguntar el hombre, impaciente, aunque sabía que no estaba, porque recién, recién el viejito lo había acomodado para envolverlo.

-Ya va a estar, ya va a a estar -y el hombre oyó nítidamente el crujido del primer doblez.

Además, pensó, debía de ser cuadrado, porque el viejito hacía los pliegues con golpes secos, como siguiendo con la palma de la mano unos ángulos rígidos.

Ahora le estaba poniendo el piolín.

El viejo cortó el sobrante del hilo. "Seguro que con un alicate", pensó el hombre. Después el viejo golpeó con el paquete ya hecho sobre el mostrador y dijo, canturreando la a final como dándole la seguridad al hombre de que efectivamente había terminado:

-Ya está.

El hombre primero abrió los ojos, después sacudió la cabeza como un nadador que sale del agua, se dio vuelta y miró el paquete.

El viejo lo sostenía colgado del moñito, con dos dedos, en un gesto casi gracioso. El hombre vio que tenía forma de prisma, y que estaba eficientemente hecho, con papel madera verde.

"La verdad, que da gusto", pensó. Y sonriendo, lo agarró con las dos manos, como si sacara la sortija.

Lo tuvo un momento contra el pecho. Después, como si recapacitara, lo puso debajo de la axila, y metiendo la mano en el bolsillo del pantalón, preguntó apurado:

-¿Cuánto es?

- Novecientos noventa y cinco pesos -dijo el viejo-. ¿Necesita factura?

-No, no hace falta -dijo el hombre.

El viejo rebuscaba en el cajón del mostrador. El hombre hizo un gesto con la mano rechazando el vuelto.

- Está bien, señor, déjelo.

- Valiente -dijo el viejo dándole una moneda de cinco pesos-.Que lo pase usted bien. Buenas tardes -Y se agachó para recoger el lápiz que se había caído.

El hombre apretó el paquete y salió. Recién entonces se dio cuenta de que al abrirse la puerta, sonaba como un carillón, o una caja de música.

El paquete era más o menos como un ladrillo, no tan grande, como le había parecido al verlo, ni tampoco tan pesado.

El hombre deshizo el nudo con impaciencia, y consiguió desenvolver la primera vuelta del hilo, porque el viejo le había dado dos. Cuando le estaba sacando los parches de dúrex, y mientras pensaba: "Qué curioso, no me había dado cuenta de que le había puesto dúrex. Prolijo, el viejito", lo atropelló el Mercedes de color verde musgo.

Prácticamente le aplastó la cabeza con la rueda izquierda.

Se juntó un montón de gente.

Lo taparon con una bolsa de cal, que un corredor de seguros mandó traer enseguida de la obra en construcción que estaba al lado.

Cuando llegó la ambulancia, todos se corrieron y le dejaron paso. Deportivamente, bajaron el chofer y el practicante; parecían dos jugadores al entrar a la cancha. Trotaron hasta el hombre, se agacharon, lo destaparon y se miraron entre ellos.

El practicante quiso saber qué había en el paquete. El muerto lo sostenía apretado contra el pecho. Trató de abrirle las manos, pero no pudo. Tampoco pudo separarle los dedos. Entonces lo llevaron al hospital Pirovano. Lo bajaron con camilla y todo, y lo dejaron en la guardia, encima de otra camilla verde, con las patas despintadas.

El enfermero fue a llamar a la doctora.

Vino la doctora. La doctora era joven y gorda. Hablaba como un hombre, y decía malas palabras. Cuando lo destapó, hizo un gesto negativo con la cabeza.

Sintió curiosidad por el paquete. Intentó sacárselo. El practicante le dijo que no era tan fácil, que él ya había probado.

La doctora dijo, poniendo cara de inteligente: "Es que los muertos son muy duros". Y el practicante dijo: "Sí, parecen hijos de vascos".

La doctora tironeó de los restos del dúrex, y los desprendió. Sacó el papel nerviosamente, el doble papel, porque el viejo había sido muy minucioso. Entonces su expresión cambió. Su cara tenía ahora un visaje de asombro y desencanto.

La doctora creyó necesario hacer una frase entre el silencio de todos. La ocasión era propicia y a la doctora le gustaban mucho las frases. Miró alternativamente al enfermero, al chofer y al practicante, y dijo:

- Vean a qué cosas se aferran los seres humanos.

Ilustraciónes: Daniela Kantor

 

Leonardo Da Vinci


 


Existen conductas indecorosas que un invitado a la mesa de Mi
Señor debe evitar. Basé este catálogo en las observaciones que realicé durante este último año sobre aquellos que se sentaron a la mesa de
Mi Señor:

Ningún invitado deberá sentarse sobre la mesa ni de espaldas a ella, ni

en la falda de ningún otro invitado.

No deberá colocar su pierna sobre la mesa.

Tampoco deberá sentarse debajo de la mesa.

No deberá colocar su cabeza en el plato para comer.

No deberá tomar comida del plato de su vecino sin antes pedirle

permiso.

No deberá colocar trozos a medio masticar de su propia comida en

el plato de su vecino sin preguntarle primero.

No deberá limpiar su cuchillo en la ropa de su vecino.

No utilizará su cuchillo para tallar sobre la mesa.

No limpiará su armadura sobre la mesa.

No tomará la comida de la mesa y la pondrá en su bolso o en su bota

para comerla más tarde.

No deberá dar mordiscos a la fruta y colocarla luego de mordida

en la fuente.

No deberá escupir frente a él.

Ni aun a su lado.

No deberá pellizcar ni abofetear a su vecino.

No deberá hacer ruidos con la nariz ni dar codazos.

No deberá girar los ojos ni hacer caras feas.

No deberá ponerse el dedo en la nariz o en el oído mientras conversa.

No deberá hacer modelos, encender fuego, ni practicar nudos sobre la mesa (a menos que Mi Señor se lo pida).

No deberá soltar sus pájaros sobre la mesa.

Tampoco víboras o escarabajos.

No deberá ejecutar el laúd u otro instrumento que pueda molestar a

 Su vecino (a menos que Mi Señor se lo pida).

No deberá cantar, hacer discursos, gritar o decir acertijos obscenos si

Tiene una dama a su lado.

No deberá conspirar en la mesa (a menos que sea con Mi Señor).99

No deberá hacer sugerencias lujuriosas a los pajes de Mi Señor ni jugar con sus cuerpos.

No deberá tirarse sobre su vecino mientras está en la mesa.

No deberá golpear a ningún sirviente (a menos que lo haga en defensa

propia).

Y si está por vomitar debe abandonar la mesa.

Lo mismo si va a orinar.
 

Leonardo da Vinci, célebre artista, inventor, físico, músico, investigador, anatomista de la escuela florentina, nació en Vinci en 1452 y murió en Francia en 1519.