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viernes, 3 de abril de 2015
jueves, 2 de abril de 2015
jueves, 18 de diciembre de 2014
El pueblo de los gatos. Murakami
Tomado de Taringa.
Los invito a leer un cuento de este grandioso escritor, este
cuento se encuentra metido dentro del libro 1Q84 (no se preocupen no contiene
ningun spoiler ni nada parecido, se cuece aparte dentro de la historia
principal del libro),espero que lo disfruten, si hay palabras que están unidas,
eso es debido a los derechos de autor

El joven viajaba solo, a su gusto, con una única maleta como
equipaje. No tenía undestino. Se subía al tren, viajaba y, cuando encontraba un
lugar que le atraía, se apeaba.Buscaba alojamiento, visitaba el pueblo y
permanecía allí cuanto quería. Si se hartaba,volvía a subirse al tren. Así era
como pasaba siempre sus vacaciones.Desde la ventana del tren se veía un hermoso
río serpenteante, a lo largo del cual seextendían elegantes colinas verdes. En
la falda de aquellas colinas había un pueblecilloen el que se respiraba un
ambiente de calma. Tenía un viejo puente de piedra. Aquelpaisaje lo cautivó.
Allí quizá podría probar deliciosos platos de trucha de arroyo.Cuando el tren
sedetuvo en la estación, el joven se apeó con su maleta. Ningún otropasajero se
bajó allí. El tren partió inmediatamente después de que se hubiera bajado.En la
estación no había empelados. Debía ser una estación poco transitada. El
jovenatravesó el puente de piedra y caminó hasta el pueblo. Estaba
completamente ensilencio. No se veía a nadie. Todos los comercios tenían las
persianas bajadas y enelayuntamiento no había ni un alma. En la recepción del
único hotel del pueblo tampocohabía nadie. Llamó al timbre, pero nadie acudió.
Parecía un pueblo deshabitado. A lomejor todos estaban echando la siesta. Pero
todavía eran las diez y media de la mañana.Demasiado temprano para echar una
siesta. O quizá, por algún motivo, la gente habíaabandonado el pueblo y se
había marchado. En cualquier caso, hasta la mañanasiguiente no llegaría el
próximo tren, así que no le quedaba más remedio que pasar allíla noche. Para
matar el tiempo, se paseó por el pueblo sin rumbo fijo.Pero en realidad aquél
era el pueblo de losgatos. Cuando el sol se ponía, numerososgatos atravesaban
el puente de piedra y acudían a la ciudad.Gatos de diferentes tamañosy
diferentes especies. Aunque más grandes que un gato normal, seguían siendo
gatos.Sorprendido al ver aquello, el joven subió deprisa al campanario que
había enmedio delpuebloy se escondió. Como si fuera algo rutinario, los gatos
abrieron las persianas delas tiendas, o se sentaron delante de los escritorios
del ayuntamiento, y cada unoempezó su trabajo. Al cabo de un rato, un grupo aún
más numeroso de gatos atravesó elpuente y fue a la ciudad. Unos entraban en los
comercios y hacían la compra, iban alayuntamiento y despachaban papeleo
burocrático o comían en el restaurante del hotel.Otros bebían cerveza en las
tabernas y cantaban alegres canciones gatunas. Unostocaban el acordeón y otros
bailaban al compás. Al poseer visión nocturna, apenasnecesitaban luz, pero
gracias a que aquella noche la luna llena iluminaba hasta el últimorincón del
pueblo, el joven pudo observarlo todo desde lo alto delcampanario. Cercadel
amanecer, los gatos cerraron las tiendas, ultimaron sus respectivos trabajos
yocupaciones y fueron regresando a su lugar de origen atravesando el puente.Al
amanecer los gatos ya se habían ido y el pueblo se había quedado desierto de
nuevo,entonces el joven bajó, se metió en una cama del hotel y durmió todo
cuanto quiso.Cuando le entró el hambre, se comió el pan y el pescado que habían
sobrado en lacocina del hotel. Luego, cuando a su alrededor todo empezó a
oscurecer, volvió aesconderse en lo alto del campanario y observó hasta el
albor el compartamiento de losgatos. El tren paraba en la estación antes del
mediodía y antes del atardecer. Si se subía en el de la mañana, podría
continuar su viaje, y si se subía en el de la tarde, podríaregresar al lugar
del que procedía. Ningún pasajero se apeaba ni nadie cogía el tren enaquella
estación. Y sin embargo el ferrocarril siempre se detenía cumplidamente y
partía
Un minuto después. Por lo tanto, si así lo deseara, podría
subirse al tren y abandonar elpueblo de losgatos en cualquier momento. Pero no
quiso. Era joven, sentía unaprofunda curiosidad y estaba lleno deambición y de
ganas de vivir aventuras. Deseabaseguir observando aquel enigmático pueblo de
los gatos. Quería saber, si era posible, desdé cuándo habían ocupado los gatos
aquel pueblo, cómo funcionaba elpueblo y quédemonios hacían ahí aquellos
animales. Nadie más, aparte de él, debía haber sido testigodeaquel misterioso
espectáculo.A la tercera noche, se armó cierto revuelo en la plaza que había bajo
elcampanario.«¿Qué es eso ¿No os huele a humano?», soltó uno de los gatos.
«Pues ahora que lodices, últimamente tengo la impresión de que huele raro»,
asintió olfateando uno deellos. «La verdad es que yo también lo he notado»,
añadió otro. «¡Qué raro! Porque nocreo que haya venido ningún ser humano»,
comentó otro de los gatos. «Si, tienes razón.No es posible que un ser humano
haya entrado en el pueblo delos gatos». «Pero nocabe duda de que huele a uno de
ellos.»Los gatos formaron varios grupos e inspeccionaron hasta el último rincón
del pueblo,como una patrulla vecinal. Cuando se lo toman en serio,los gatos
tienen un olfatoexcelente. No tardaron mucho en darse cuenta de que el olor
procedía de lo alto delcampanario. El joven oía cómo sus blandas patas subían
ágilmente por las escaleras delcampanario. «¡Esto es el fin!», pensó. Los gatos
parecían muy excitados y enfadadospor el olor a humano. Tenían las uñas grandes
y aguzadas y los dientes blancos yafilados. Además, aquel era un pueblo en el
que los seres humanos no debíanadentrarse. No sabía qué suerte le esperaría
cuando lo encontraran, pero no creía quefueran a permitirle irse de allí
habiendo descubierto el secreto.Tres de los gatos subieron hasta elcampanario y
se pusieron a olfatear. «¡Quéextraño!», dijo uno sacudiendo sus largos bigotes.
«Aunque huele a humano, no haynadie». «¡Sí que es raro», comentó otro. «En todo
caso, aquí no hay nadie. Busquemosen otra parte».«¡Esto es de locos!». Movieron
extrañados la cabeza y se fueron. Losgatosbajaron las escaleras sin hacer ruido
y se esfumaron en medio de la oscuridadnocturna. El joven soltó un suspiro de
alivio; a él también le parecía de locos. Los gatosy él habían estado
literalmente a un palmo dedistancia en un lugar angosto. No habríapodido
escapárseles. Y sin embargo, parecían no haberlo visto. Eljoven examinó
susmanos. «Las estoy viendo. No me he vuelto invisible. ¡Qué raro! En cualquier
caso, porla mañana iré hasta la estación y me marcharé de este pueblo en el
primer tren.Quedarme aquí es demasiado peligroso. La suerte no puede durar
siempre».Pero al dia siguiente, el tren de la mañana no se detuvo en la
estación. Pasó delante desus ojos sin disminuir siquiera la velocidad. Lo mismo
ocurrió con el tren de la tarde. Seveía al conductor en su asiento y los
rostros de los pasajeros al lado de las ventanillas.Pero el tren no dio señales
de que fuera a pararse. Era como si la silueta del joven queesperaba el tren no
se reflejara en los ojos de la gente. O como si fuera la estación la queno se
reflejara. Cuando el tren de la tardedesapareció a lo lejos, a su alrededor se
hizoun silencio absoluto, como nunca antes había sentido. Entonces, el sol
empezó aponerrse. «Va siendo hora de que los gatos aparezcan.» El joven supo
que se habíaperdido. «Este no es el pueblo de los gatos», se dio cuenta al fin.
Aquel era el lugar enel que debía perderse. Un lugar ajeno a este mundo que
habían dispuesto para él. Y eltren jamás volvería a detenerse en aquella
estación para llevarlo a su mundo de origen.
Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril, de Haruki Murakami
Una bella mañana de abril, en una callecita lateral del elegante barrio
de Harajuku en Tokio, me crucé con la chica 100% perfecta.
A decir verdad, no era tan guapa. No sobresalía de ninguna manera. Su
ropa no era nada especial. En la nuca su cabello tenía las marcas de recién
haber despertado. Tampoco era joven –debía andar alrededor de los treinta, ni
si quiera cerca de lo que comúnmente se considera una “chica. Aún así, a quince metros sé que ella es la chica 100% perfecta para
mí. Desde el momento que la vi algo retumbó en mi pecho y mi boca quedó seca
como un desierto.
Quizá tú tienes tu propio tipo de chica favorita: digamos, las de
tobillos delgados, o grandes ojos, o delicados dedos, o sin tener una buena
razón te enloquecen las chicas que se toman su tiempo en terminar su merienda.
Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto. A veces en un restaurante me
descubro mirando a la chica de la mesa de junto porque me gusta la forma de su
nariz.
Pero nadie puede asegurar que su chica 100% perfecta corresponde a un
tipo preconcebido. Por mucho que me gusten las narices, no puedo recordar la
forma de la de ella –ni siquiera si tenía una. Todo lo que puedo recordar de
forma segura es que no era una gran belleza. Extraño.
-Ayer me crucé en la calle con la chica 100% perfecta –le digo a
alguien.
-¿Sí? –él dice- ¿Estaba guapa?
-No realmente.
-De tu tipo entonces.
-No lo sé. Me parece que no puedo recordar nada de ella, la forma de
sus ojos o el tamaño de su pecho.
-Raro.
-Sí. Raro.
-Bueno, como sea –me dice ya aburrido- ¿Qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La
seguiste?
-Nah, sólo me crucé con ella en la calle.
Ella caminaba de este a oeste y yo de oeste a este. Era una bella
mañana de abril.
Ojalá hubiera hablado con ella. Media hora sería suficiente: sólo para
preguntarle acerca de ella misma, contarle algo acerca de mi, y –lo que
realmente me gustaría hacer- explicarle las complejidades del destino que nos
llevaron a cruzarnos uno con el otro en esa calle en Harajuku en una bella
mañana de abril en 1981. Algo que seguro nos llenaría de tibios secretos, como
un antiguo reloj construido cuando la paz reinaba en el mundo.
Después de hablar, almorzaríamos en algún lugar, quizá veríamos una
película de Woody Allen, parar en el bar de un hotel para unos cócteles. Con un
poco de suerte, terminaríamos en la cama.
La posibilidad toca en la puerta de mi corazón.
Ahora la distancia entre nosotros es de apenas 15 metros.
¿Cómo acercármele? ¿Qué debería decirle?
-Buenos días señorita, ¿podría compartir conmigo media hora para
conversar?
Ridículo. Sonaría como un vendedor de seguros.
-Discúlpeme, ¿sabría usted si hay en el barrio alguna lavandería 24
horas?
No, simplemente ridículo. No cargo nada que lavar, ¿quién me compraría
una línea como esa?
Quizá simplemente sirva la verdad: Buenos días, tú eres la chica 100%
perfecta para mi.
No, no se lo creería. Aunque lo dijera es posible que no quisiera
hablar conmigo. Perdóname, podría decir, es posible que yo sea la chica 100%
perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto para mí. Podría
suceder, y de encontrarme en esa situación me rompería en mil pedazos, jamás me
recuperaría del golpe, tengo treinta y dos años, y de eso se trata madurar.
Pasamos frente a una florería. Un tibio airecito toca mi piel. La acera
está húmeda y percibo el olor de las rosas. No puedo hablar con ella. Ella trae
un suéter blanco y en su mano derecha estruja un sobre blanco con una sola
estampilla. Así que ella le ha escrito una carta a alguien, a juzgar por su
mirada adormecida quizá pasó toda la noche escribiendo. El sobre puede guardar
todos sus secretos.
Doy algunas zancadas y giro: ella se pierde en la multitud.
Ahora, por supuesto, sé exactamente qué tendría que haberle dicho.
Tendría que haber sido un largo discurso, pienso, demasiado tarde como para
decirlo ahora. Se me ocurren las ideas cuando ya no son prácticas.
Bueno, no importa, hubiera empezado “Érase una vez” y terminado con
“Una historia triste, ¿no crees?”
Érase una vez un muchacho y una muchacha. El muchacho tenía dieciocho y
la muchacha dieciséis. Él no era notablemente apuesto y ella no era
especialmente bella. Eran solamente un ordinario muchacho solitario y una
ordinaria muchacha solitaria, como todo los demás. Pero ellos creían con todo
su corazón que en algún lugar del mundo vivía el muchacho 100% perfecto y la
muchacha 100% perfecta para ellos. Sí, creían en el milagro. Y ese milagro
sucedió.
Un día se encontraron en una esquina de la calle.
-Esto es maravilloso –dijo él- Te he estado buscando toda mi vida.
Puede que no creas esto, pero eres la chica 100% perfecta para mí.
-Y tú –ella le respondió- eres el chico 100% perfecto para mi,
exactamente como te he imaginado en cada detalle. Es como un sueño.
Se sentaron en la banca de un parque, se tomaron de las manos y dijeron
sus historias hora tras hora. Ya no estaban solos. Qué cosa maravillosa
encontrar y ser encontrado por tu otro 100% perfecto. Un milagro, un milagro
cósmico.
Sin embargo, mientras se sentaron y hablaron una pequeña, pequeñísima
astilla de duda echó raíces en sus corazones: ¿estaba bien si los sueños de uno
se cumplen tan fácilmente?
Y así, tras una pausa en su conversación, el chico le dijo a la chica:
Vamos a probarnos, sólo una vez. Si realmente somos los amantes 100% perfectos,
entonces alguna vez en algún lugar, nos volveremos a encontrar sin duda alguna
y cuando eso suceda y sepamos que somos los 100% perfectos, nos casaremos ahí y
entonces, ¿cómo ves?
-Sí –ella dijo- eso es exactamente lo que debemos hacer.
Y así partieron, ella al este y él hacia el oeste.
Sin embargo, la prueba en que estuvieron de acuerdo era absolutamente
innecesaria, nunca debieron someterse a ella porque en verdad eran el amante
100% perfecto el uno para el otro y era un milagro que se hubieran conocido.
Pero era imposible para ellos saberlo, jóvenes como eran. Las frías,
indiferentes olas del destino procederían a agitarlos sin piedad.
Un invierno, ambos, el chico y la chica se enfermaron de influenza, y
tras pasaron semanas entre la vida y la muerte, perdieron toda memoria de los
años primeros. Cuando despertaron sus cabezas estaban vacías como la alcancía
del joven D. H. Lawrence.
Eran dos jóvenes brillantes y determinados, a través de esfuerzos
continuos pudieron adquirir de nuevo el conocimiento y la sensación que los
calificaba para volver como miembros hechos y derechos de la sociedad. Bendito
el cielo, se convirtieron en ciudadanos modelo, sabían transbordar de una línea
del subterráneo a otra, eran capaces de enviar una carta de entrega especial en
la oficina de correos. De hecho, incluso experimentaron otra vez el amor, a
veces el 75% o aún el 85% del amor.
El tiempo pasó veloz y pronto el chico tuvo treinta y dos, la chica
treinta
Una bella mañana de abril, en búsqueda de una taza de café para empezar
el día, el chico caminaba de este a oeste, mientras que la chica lo hacía de
oeste a este, ambos a lo largo de la callecita del barrio de Harajuku de Tokio.
Pasaron uno al lado del otro justo en el centro de la calle. El débil destello
de sus memorias perdidas brilló tenue y breve en sus corazones. Cada uno sintió
retumbar su pecho. Y supieron:
Ella es la chica 100% perfecta para mí.
Él es el chico 100% perfecto para mí.
Pero el resplandor de sus recuerdos era tan débil y sus pensamientos no
tenían ya la claridad de hace catorce años. Sin una palabra, se pasaron de
largo, uno al otro, desapareciendo en la multitud. Para siempre.
Una historia triste, ¿no crees?
Sí, eso es, eso es lo que tendría que haberle dicho.
jueves, 31 de julio de 2014
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