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sábado, 26 de abril de 2014

Lo bello y lo triste. Kawabata. Capìtulo 9 y último " El lago"

EL LAGO

Cuando Keiko llegó a la casa de té de Ofusa encontró a Taichiro de pie en el balcón, listo para partir.
–Buenos días. ¿Pudiste dormir?
Se aproximó a él y se apoyó en la balaustrada.
–Me estabas aguardando.
–Me desperté temprano –dijo Taichiro–. El rumor del río me hizo experimentar el deseo de levantarme y ver cómo salía el Sol sobre las Colinas Orientales.
–¿Tan temprano te levantaste?
–Sí, pero las colinas están demasiado próximas como para permitir que se aprecie un verdadero amanecer. El verde de las colinas se torna más brillante y el Kamo refulge en la luz de la mañana.
–¿Has estado contemplando el panorama todo este tiempo?
–Fue interesante ver cómo iban cobrando vida las calles que están más allá del río.
–¿No pudiste dormir? ¿No te gustó este alojamiento? –preguntó Keiko y luego añadió suavemente–: Pero me gustaría que hubieras pensado en mí.
Taichiro no replicó.
–¿No me lo vas a decir?
–Estuve pensando en ti.
–Te forcé a que me lo dijeras.
–Tú, en cambio, pareces haber dormido muy bien –comentó Taichiro, mirándola.
Keiko hizo un gesto negativo con la cabeza.
–No.
–Tus ojos brillan como si hubieras descansado bien.
–¡Brillan por ti! ¡Qué importa perder una o dos noches de sueño!
Los ojos húmedos y radiantes de la muchacha estaban fijos en Taichiro. Él le tomó una mano.
–¡Qué mano tan fría! –susurró Keiko.
–La tuya está tibia –dijo Taichiro y aferró uno a uno los dedos de la joven, admirando su delicadeza. Parecían increíblemente finos y frágiles. Tuvo la tentación de llevárselos a la boca.
Eran dedos que sugerían vulnerabilidad. Y allí, ante sus propios ojos, estaba su adorable perfil, sus orejas exquisitas y su largo y esbelto cuello.
–¿De modo que pintas con estos dedos tan finos? –preguntó el joven y se llevó la mano de ella a los labios. Keiko miró su mano. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
–¿Estás triste?
–¡Soy demasiado feliz! Hoy lloraría ante el menor roce de tu piel... Siento como si algo hubiera terminado para mí.
–¿Pero qué?
–No quiero que me preguntes eso.
–Nada ha terminado. Sólo comienza algo. Además, ¿no crees que el final de algo es el comienzo de otra cosa?
–Sí, pero lo que uno ha hecho, hecho está; es completamente distinto. Así es como siente una mujer. La mujer renace.
Taichiro estaba a punto de tomarla entre sus brazos, cuando se detuvo. Ella se apoyó contra él.

Desde las orillas del río, al pie del balcón, llegaba el agudo ladrido de un perrito. Una mujer de la vecindad, que paseaba a su terrier, se había cruzado con un gran perro akita, conducido por un hombre que parecía ser cocinero de uno de los restaurantes vecinos. El akita ignoró al terrier, pero la mujer se vio obligada a levantar a su perrito, que ladraba y se revolvía en sus brazos. Cuando lo apartó del mastín, el terrier pareció dedicar sus ladridos a la pareja que estaba en el balcón. La mujer levantó los ojos hacia ellos y ensayó una sonrisa de disculpa.
Keiko se ocultó detrás de Taichiro.
–No soporto a los perros. Si un perro le ladra a uno por la mañana, seguro que a uno le espera un mal día.
Permaneció aferrada a los hombros del joven, aun después que los ladridos cesaron.
–¿Te sientes feliz de estar conmigo, Taichiro? –preguntó por fin.
–Por supuesto.
–Me pregunto si eres tan feliz como yo... Supongo que no.
Taichiro estaba pensando cuán femenina era Keiko, cuando tuvo la repentina conciencia de su aliento sobre la nuca. Ella parecía haberse aproximado más, tanto, que sintió el suave calor de su cuerpo. Ahora Keiko le pertenecía. Y ella no tenía nada de desconcertante.
–No comprendías hasta qué punto yo deseaba volver a verte –dijo la joven–. Creí que no volveríamos a encontrarnos a menos que yo volviera a viajar a Kamakura. ¡Qué extraño es estar juntos así!
–Muy extraño.
–Quiero decir esto, siento como si hubiéramos estado siempre juntos, porque he pensado en ti desde el día en que nos conocimos. Pero tú me olvidaste, ¿no? Hasta que tuviste que viajar a Kyoto.
–¡Qué extraño que digas eso!
–¿Te parece? ¿Me recordabas de vez en cuando?
–Y eso no dejaba de ser penoso.
–¿Por qué?
–Porque no puedo menos de pensar en tu maestra y en lo que sufrió mi madre a causa de ella. Yo era muy pequeño, pero toda la historia ha quedado registrada en una novela de mi padre, como sabrás. No olvido cómo estallaba en lágrimas mi madre porque se le caía un cuenco, o cómo me llevaba en brazos por las calles en plena noche. Ni siquiera advertía que yo lloraba. Parecía haber quedado sorda... ¡y tenía poco más de veinte años!
Taichiro vaciló.
–De cualquier manera, la novela se sigue vendiendo –prosiguió–. Es una ironía, los derechos de autor han contribuido a mantener a nuestra familia por espacio de años. Costearon mi educación y el matrimonio de mi hermana.
–¿Y qué tiene de malo eso?
–No me quejo, pero me parece extraño. No puedo disfrutar una novela que pinta a mi madre como una loca celosa. Y, sin embargo, cada vez que sale una nueva edición es ella quien coloca el sello del autor en cada planilla de propiedad intelectual. Ahora es sólo una mujer madura que no se cansa de imprimir el sello para que se vendan más y más ejemplares de un libro que describe sus celos... Es posible que todo haya quedado reducido a un simple recuerdo... Ahora reina la paz en nuestro hogar. Uno pensaría que la gente la tiene que contemplar con desdén y, en realidad, ocurre todo lo contrario: parecen respetarla.
–Después de todo ella es la señora de Oki Toshio.
–Pero además está tu maestra, ella nunca se casó.
–Así es.
–Me pregunto qué sienten mis padres con respecto a eso. Parecen haber olvidado su existencia. Aborrezco la idea de que he estado viviendo del dinero que nos proporcionó el sacrificio de la vida de una muchacha... Y tú me dices que quieres vengarla.
–No hables más de eso –murmuró Keiko y apoyó su mejilla contra el cuello de él–. Mi venganza ha terminado. Ahora soy yo misma y nada más.
Taichiro se volvió y apoyó las manos sobre los hombros de la joven. Keiko habló entonces con voz apenas audible.
–La señorita Ueno me dijo que no regresara a su lado.
–¿Por qué?
–Porque venía a encontrarme contigo.
–¿Se lo dijiste?
–Por supuesto.
Taichiro guardó silencio.
–Me pidió que no viniera. Dijo que si me iba, no regresara más.
Taichiro retiró las manos de los hombros de la muchacha. El tránsito se había hecho más denso sobre la margen opuesta del río y había nuevos matices de verde claro y oscuro, en las Colinas Orientales.
–¿Crees que hubiera sido mejor no decirle nada? –preguntó Keiko escrutando el rostro de él.
–No se trata de eso –replicó Taichiro con voz fría y comenzó a pasearse–. Parecería que yo me estoy vengando de la señorita Ueno, por lo que le hizo una vez a mi madre.
Keiko lo siguió de cerca.
–Jamás soñé ese tipo de venganza. ¡Qué cosa tan curiosa la que estás diciendo!
–¿Partimos? O quizá sea mejor que regreses a tu casa.
–No seas tan cruel.
–Esta vez me toca a mí arruinar la vida de la señorita Ueno.
–Lamento haberte hablado de mi venganza. Perdóname.
Taichiro hizo señas a un taxi frente a la casa de té y subieron juntos. Se mantuvo silencioso en el viaje a través de la ciudad, rumbo al Templo Nisonin, en Saga.
Keiko, por su parte, sólo habló para preguntar si podía abrir la ventanilla; pero apoyó su mano sobre la de él y se la acarició con el dedo índice.

Se decía que la verja principal del Templo de Nisonin había sido traída del castillo de Hideyoshi, en Fushimi, a comienzos del siglo XVII. Tenía el imponente aire de las verjas de un gran castillo.
Keiko comentó que seguramente tenían por delante otro día de calor.
–Es la primera vez que vengo a este templo –señaló.
–He estado efectuando una pequeña investigación sobre Fujiwara Teika –dijo Taichiro.
Mientras ascendían los escalones que conducían al portón, observó que el ruedo del quimono de Keiko se agitaba, mientras ella se acomodaba ágilmente a su paso.
–Sabemos que Teika tenía una villa en el monte Ogura. Se llamaba "Pabellón de la lluvia otoñal". Pero hay tres versiones diferentes sobre el lugar de su emplazamiento. No se sabe realmente dónde estaba. Según unos estaba en esa colina que está a nuestras espaldas; según otros, en un templo no lejos de aquí y finalmente se habla de la "Ermita apartada del odioso mundo".
–La señorita Ueno me llevó allí en una oportunidad.
–¿Sí? Entonces habrás visto la vertiente de la cual, según dicen, Teika extraía el agua para su piedra de tinta, cuando trabajaba en la antología de cien poetas.
–No recuerdo haberla visto.
–Es célebre... La llaman "agua de sauce".
–¿Y es verdad que él usaba esa agua?
–Teika era un genio y corren muchas leyendas sobre él. Fue el máximo poeta y hombre de letras del Medioevo.
–¿Y su tumba está aquí?
–No. Está en Shokokuji. Pero en la ermita hay una pequeña pagoda de piedra que, al parecer, se erigió en recuerdo de su cremación.

Keiko no hablo más. Parecía saber muy poco acerca de Fujiwara Teika.
Un rato antes, cuando el automóvil que los conducía pasó junto a la laguna de Hirosawa, la vista de las bellísimas colinas cubiertas de pinares, que se reflejaban a lo largo de la orilla opuesta, lo había hecho pensar en el milenio de historia y literatura tan estrechamente ligado a la región de Saga. Más allá del suave perfil del monte Ogura, alcanzó a distinguir el monte Arashi.
Con Keiko junto a él, el pasado le parecía más vivo aún. Sentía que estaba visitando realmente la antigua capital.
La impetuosidad de Keiko, la apasionada intensidad de la muchacha parecían suavizarse en este marco. Taichiro la miró.
–¿Por qué me miras así?
En un gesto de pudor, Keiko extendió la mano para bloquear su mirada. El apoyó suavemente su palma contra la de ella.
–Es tan extraño estar aquí contigo... Por momentos me pregunto dónde estoy.
–Yo también –murmuró Keiko y se clavó las uñas en las palmas–. Y me pregunto quién es el que está a mi lado.

Densas sombras caían sobre la amplia avenida que conducía desde las verjas hasta el templo. La avenida estaba flanqueada por soberbios pinos rojos, entre los que aparecía de tanto en tanto algún arce. Hasta los extremos de las ramas estaban inmóviles. Sus sombras jugaban sobre el rostro de Keiko y sobre su quimono blanco, cuando ellos caminaban. Una que otra rama de arce descendía hasta quedar al alcance de la mano.
Al llegar al final de la avenida vieron un muro techado, en el extremo superior de una escalinata de piedra. Se oía el rumor de una cascada. Ascendieron la escalinata y costearon el muro hacia la izquierda. De una abertura practicada en la base del muro, cerca de una puerta de rejas, surgía un arroyuelo.
–Son muy pocos los visitantes por tratarse de un templo tan famoso –comentó Taichiro y se detuvo junto a su compañera–. Hoy parece estar desierto.
El monte Ogura se levantaba ante ellos. El edificio central del templo, con su techo de cobre, tenía una serena dignidad.
–Mira este precioso roble sagrado –dijo Taichiro, mientras se encaminaba hacia el añoso ejemplar–. La gente dice que es el árbol más famoso de las Colinas Occidentales.
Las ramas del roble eran nudosas y retorcidas, pero estaban cubiertas de hojas nuevas y sus ramas más cortas parecían pletóricas de energía.
–Siempre me ha gustado este viejo árbol; pero hacía años que no lo veía así.
La atención de Taichiro se había concentrado en el árbol; parecía haber olvidado el templo.
Al pasar ante el pabellón de la diosa Benten, Taichiro miró una larga escalera de piedra que trepaba la ladera.
–¿Crees que puedes subir con quimono? –preguntó.
Keiko sonrió e hizo un gesto negativo con la cabeza.
–No es muy fácil –comentó–. Pero dame la mano. Más adelante tendrás que llevarme en brazos.
–Subamos despacio.
–¿Está ahí arriba?
–Sí. La tumba de Sanetaka está al final de esta escalera.
–Viniste a Kyoto nada más que a ver esta tumba. No viniste a verme a mí.
–Exactamente.
Taichiro tomó la mano de la muchacha, pero luego la dejó en libertad.
–Iré solo. Espérame aquí –dijo.
–Soy capaz de subir. Deberías saber que estos escalones no son obstáculo para mí. ¡Trepemos lo que sea necesario! –declaró Keiko, tomó de la mano a su compañero y comenzó a subir.
Era evidente que aquella antiquísima escalera era muy poco usada ahora; al pie de cada escalón brotaban hierbas y helechos. De tanto en tanto asomaba alguna flor amarilla.
–¿Es aquí? –preguntó Keiko cuando llegaron a tres pequeñas pagodas de piedra que se erguían, en hilera, a un lado de la escalera.
–No, es un poco más arriba –dijo Taichiro, pero se detuvo junto a las pagodas–. Son bellísimas, ¿no? Son las "Tumbas de los tres Emperadores"... Verdaderas obras maestras del trabajo en piedra. Para mi gusto, las más lindas son la de este lado y la de los cinco anillos... ésta del medio.
Keiko asintió, sin apartar la mirada de los monumentos.
–La piedra tiene una hermosísima pátina –prosiguió Taichiro.
–¿Son medievales?
–Sí, pero la de los diez anillos, que está allí, parece ser un poco más nueva que las otras. Dicen que era una pagoda de treinta anillos y que perdió la parte superior.
La gracia y el refinamiento de las pequeñas pagodas de piedra parecían haber despertado el sentido estético de Keiko, que las contemplaba olvidada de la presencia de Taichiro.
–Ninguna de las tumbas de personajes célebres que hay por aquí puede comparárseles.
En el extremo superior de la escalera de piedra encontraron el modesto Santuario del Fundador, que sólo contenía una gran tabla de piedra en la que estaban inscriptas las obras más meritorias del sacerdote Tanku. Taichiro no le  dedicó su atención y se dirigió inmediatamente a una fila de tumbas situadas a la derecha del santuario.
–Aquí está. Estas tumbas pertenecen a la familia Sanjonishi. La del extremo derecho es la de Sanetaka. Esa que dice "Señor de Sanetaka, antiguo chambelán".
Keiko miró y vio una sepultura pequeña, que apenas si llegaba a la altura de su rodilla, con una placa más insignificante aún, que llevaba el nombre de Sanetaka. Las dos tumbas de la izquierda también tenían pequeñas placas que llevaban las inscripciones: "Señor de Kineda, antiguo ministro de Derecho" y "Señor de Saneeda, antiguo chambelán"
–¿Cómo es posible que hombres que han desempeñado cargos tan destacados tengan unos monumentos tan sencillos? –preguntó Keiko.
–Así es... y a mí me gustan estas lápidas simples.
A no ser por las placas en las que constaban los nombres y cargos, aquellas tumbas no se diferenciaban para nada de las de los desconocidos sepultados en el Templo Nembutsu, de Adashino. Aquí las lápidas también eran vetustas, estaban cubiertas de musgo, sucias de barro, desgastadas por el tiempo.

Los dos jóvenes permanecieron en silencio. Taichiro se acuclilló junto al sepulcro de Sanetaka, como si estuviera tratando de oír una voz distante y débil. Keiko también se acuclilló atraída por la mano de su compañero.
–Es apasionante, ¿no? –dijo Taichiro–. Estoy haciendo una investigación sobre Sanetaka. Vivió hasta los ochenta y dos años y llevó un diario durante más de sesenta... Es una importantísima fuente histórica del siglo XVI. Además se lo menciona con frecuencia en los diarios de otros nobles y poetas de la corte. Fue un período fascinante, una época de gran vitalidad cultural en medio de las guerras y de la inestabilidad política.
–¿Por eso tienes predilección por esta sepultura?
–Supongo que sí.
–¿Has estudiado su personalidad durante años?
–Tres años. No, en realidad ya deben de hacer cuatro o cinco que lo estudio.
–¿Y tu inspiración partió de esta tumba?
–¿Mi inspiración? No sé...
En ese instante, Keiko se dejó caer sobre él. Aún en cuclillas, Taichiro vaciló y se apoyó sobre los talones para no caer hacia atrás, cuando el peso de la muchacha le hizo perder el equilibrio y de pronto ella quedó tendida sobre los muslos de él, mirándolo, y le rodeó el cuello con los
brazos.
–Aquí frente a tu venerado sepulcro... ¿Por qué no me dejas algún recuerdo de él? En estas piedras está tu corazón. Eso es todo lo que significan para mí.
–¿Todo lo que significan? –repitió él como ausente–. Con el tiempo, hasta las lápidas cambian.
–¿Qué estás diciendo?
–Es verdad. Llega un momento en que una tumba
pierde su significado.
–¿Cómo?
–Estás demasiado cerca.
Los labios de Taichiro casi rozaban ahora la oreja de Keiko.
–¡Ay, no! Me haces cosquillas.
Keiko restregó la cabeza contra el pecho de él y lo miró de rabillo de ojo.
–No me hagas cosquillas. Odio a los hombres que juguetean.
–Yo no estoy jugueteando.
Al borde de la risa, Taichiro advirtió de pronto que la había rodeado con sus brazos y la sostenía sobre su regazo. Tenía conciencia del peso de aquel cuerpo, de su palpitante suavidad.
Las largas mangas del quimono de Keiko se habían deslizado hacia abajo y sus brazos desnudos seguían rodeando el cuello de Taichiro. De repente él adquirió también conciencia del fresco contacto de su piel tersa y húmeda.
–De modo que estoy jugueteando con tu orejita.
Trató de regular su respiración.
–Soy muy sensible ahí –susurró ella.
Las orejas de la muchacha eran tentadoras. Taichiro pasó con toda suavidad los dedos por ellas. Keiko mantuvo los ojos abiertos y no se movió.
–Parecen misteriosas flores –comentó él, jugueteando con las orejas.
–¿Sí?
–¿Oyes algo?
–Por supuesto. Algo como...
–¿Como qué?
–No sé. Algo como una abeja que revolotea en torno a una flor... o quizá sea una mariposa.
–Es que yo las estoy acariciando.
–¿Te gusta acariciar las orejas de una mujer?
Las manos de Taichiro se paralizaron.
–¿Te gusta? –repitió ella suavemente.
–Nunca he visto orejas tan bellas –dijo él por fin.
–A mí me encantan las orejas de la gente –declaró Keiko–. Raro, ¿no? Me he convertido en una experta en limpieza de orejas. ¿Alguna vez me dejarás hacerme cargo de las tuyas?
Taichiro no respondió.
–No corre ni una brisa –prosiguió ella.
–No. Sólo un mundo bañado por el sol.
–Siempre recordaré que estuve en tus brazos frente a una antigua sepultura, en una mañana como ésta. Es muy extraño que una tumba cree un recuerdo.
–Han sido hechas para recordar, ¿no?
–Estoy segura de que tu recuerdo de esta mañana no va a tardar en desvanecerse.
Keiko hizo un esfuerzo por incorporarse.
–¡Demasiado incómodo! –dijo.
–¿Por qué crees que no lo voy a recordar?
–¡Es demasiado incómodo seguir en esta postura! Trató de incorporarse una vez más, pero Taichiro la apretó contra su pecho. Sus labios rozaron los de ella.
–¡No, no!
La brusca resistencia sorprendió a Taichiro. Keiko había apretado el rostro contra su pecho, como para esconder los labios. Él apoyó la mano sobre la frente de la muchacha y trató de que ella volviera la cabeza, pero Keiko se resistió.
–¡Me estás lastimando un ojo! –exclamó, rindiéndose. Tenía los ojos cerrados.
–¿Cuál?
–El derecho.
–¿Todavía te duele?
–Sí. ¿No ves las lágrimas?
El párpado no mostraba signos de irritación. Él se agachó automáticamente y le besó el ojo.
Keiko suspiró, pero no ofreció resistencia.
Taichiro sintió las largas pestañas entre sus labios. Repentinamente inquieto, se echó atrás.
–¿No me dejas besar tus labios, pero el ojo no te importa?
–No sé. ¿Cómo puedes hablar así?
Se puso bruscamente de pie y, al hacerlo, estuvo a punto de hacer caer a Taichiro. Su bolso blanco había quedado en el suelo. Taichiro lo recogió, se puso de pie y se lo entregó.
–Qué bolso tan grande.
–Llevo un traje de baño en él.
–¿Un traje de baño?
–Prometiste llevarme al lago Biwa, ¿recuerdas?
Keiko extrajo un espejo del bolso, se examinó el ojo derecho y se restregó el párpado. Al advertir la persistente mirada de Taichiro, se ruborizó y bajó los ojos con un delicioso gesto de timidez.
Luego pasó la punta de los dedos sobre la camisa blanca de él, que ostentaba huellas de su lápiz labial.
–¿Qué hacemos? –preguntó él, tomándole la mano.
–Lo siento mucho, no sale.
–No es mi camisa lo que me preocupa. Te pregunto qué vamos a hacer ahora.
–¡Qué se yo! –exclamó Keiko levantando el rostro–. No tengo la menor idea.
–Podemos ir al lago esta tarde, ¿no?
–¿Qué hora es?
–Las diez menos cuarto.
–¿Tan temprano? Por la manera en que se filtran los rayos del Sol creí que era mediodía.
–Keiko miró en torno, a través de los árboles.
–Aquél debe de ser el monte Arashi. Yo creía que la gente venía aquí también en verano.
–Pero aunque visiten el templo, no es muy probable que suban hasta aquí.
Taichiro se enjugó el rostro con un pañuelo. Hasta cierto punto se sentía aliviado al poder hablar otra vez en tono natural con la muchacha.
–¿Quieres ver el lugar en donde dicen que estuvo emplazado el "Pabellón de la Lluvia Otoñal"? He estado aquí dos o tres veces antes, pero nunca llegué hasta arriba.
Un indicador de madera, situado al pie de la loma que se levantaba a sus espaldas, señalaba la ubicación del solar.
–¿Hay que trepar más aún? –preguntó Keiko, mirando la montaña–. No me importa. Si el camino es difícil, puedo quitarme los zapatos.

El sendero ascendía entre un espeso bosque. Taichiro oyó el roce de las ramas contra el quimono de Keiko y se volvió para darle la mano.
Al cabo de un rato llegaron a una bifurcación del camino.
–Probablemente tengamos que tomar el de la izquierda –dijo Taichiro, vacilante–. Parece un poco peligroso.
El camino avanzaba a lo largo de un precipicio.
–Tengo miedo de resbalar –murmuró Keiko, colgándosele del brazo–. Tomemos el sendero de la derecha.
–Probablemente, da lo mismo uno que otro. Ambos parecen conducir a la cumbre.
El sendero de la derecha estaba casi oculto por árboles bajos. Taichiro permitió que Keiko lo guiara, pero de pronto ella se detuvo.
–¿Es indispensable que atraviese esta espesura vestida como estoy?
Cerca de ellos se levantaban tres enormes pinos. A través de sus ramas divisaron las Colinas del Norte y más abajo, las afueras de la ciudad.
–Me pregunto dónde estamos –dijo Taichiro, cuando  Keiko se apoyó en él.
–No tengo la menor idea, –replicó ella y, lentamente, se desmoronó en sus brazos. El se tambaleó y se dejó caer, arrastrado por el peso de ella.
Quedaron tendidos uno junto al otro. Keiko bajó una mano y se alisó la falda.
Cuando él aproximó los labios a sus ojos, se limitó a  bajar los párpados. Ni siquiera cuando él la besó en la boca trató de evitarlo; pero mantuvo los labios apretados. Taichiro le acarició el juvenil y esbelto cuello y comenzó a deslizar la mano bajo su quimono.
–¡No hagas eso! –exclamó Keiko y aferró la mano del joven.
Él deslizó entonces la palma de la mano sobre el quimono, contra el seno derecho de Keiko. Las manos de ella, que aún no habían dejado en libertad la mano de Taichiro, la guiaron hacia el otro pecho. Entreabrió entonces los  ojos y lo miró.
–No toques el derecho. No me gusta.
–¡Ah!
Desconcertado, él apartó la mano del seno izquierdo. Los ojos de Keiko continuaban entreabiertos.
–El derecho me hace sentir triste –dijo.
–¿Triste?
–Sí.
–¿Y por qué?
–No sé. Quizá sea porque mi corazón no está de ese lado.
Cerró los ojos con expresión tímida y aproximó su pecho izquierdo a Taichiro.
–Quizá el cuerpo de una chica tenga algo de defectuoso. Hasta el hecho de perder ese defecto la puede hacer sentir triste.
Taichiro se sintió excitado ante la mención de un posible defecto en el cuerpo de la muchacha. Sin embargo, la forma en que Keiko acababa de hablar parecía estar demostrando a las claras que no era la primera vez que había permitido a un hombre tocar sus pechos. Eso también lo tentaba. La aferró con firmeza del pelo y la besó. La frente y el cuello de la muchacha estaban bañados en sudor.

Descendieron la ladera hasta el templo Gio, pasando junto a las sepulturas de la familia Suminokura. Desde allí se encaminaron al monte Arashi.
Almorzaron en el restaurante Kitcho.
Al terminar, la camarera se aproximó y les anunció que su auto había llegado.
Desconcertado, Taichiro miró a Keiko. Era evidente que ella había pagado la cuenta y había alquilado un automóvil, mientras él la creía en el toilette.
Cuando cruzaban Kyoto, cerca del castillo Nijo, Keiko comentó:
–No creí que pudiéramos llegar en tan poco tiempo.
–¿Llegar a dónde?
–¡No seas tan olvidadizo! ¡Al lago Biwa, por supuesto!
El automóvil se dirigió hacia la alta pagoda del Templo Oriental, pasó junto a la estación de Kyoto y costeó el templo. Avanzaban por el sector sur de la ciudad. Durante un tiempo costearon el río Kamo. Era un tramo de rápidos, que nada tenía que ver con el curso habitualmente plácido de aquel río. El conductor les informó que la montaña que se elevaba al frente se llamaba monte Ushio, es decir "cola de buey". Cruzaron la cadena de las Colinas Orientales, a la izquierda de ese monte.
De pronto se abrió la vista del lago a sus pies.
–¡Ahí tienes el lago Biwa! –anunció Keiko–. Por fin he conseguido traerte aquí.
Taichiro se sorprendió ante el elevado número de embarcaciones que surcaban las aguas del lago: veleros, lanchas, cruceros.
Descendieron a la antigua ciudad de Otsu. No lejos del punto panorámico, desde el cual se divisaba la totalidad del lago, doblaron a la izquierda, pasaron junto a un lugar en el que se corrían carreras de lanchas, cruzaron Hama–Otsu y penetraron en la alameda que conducía al edificio del Hotel Lago Biwa. Había automóviles estacionados a ambos lados de la avenida de entrada.
Taichiro se sobresaltó al pensar que Keiko tenía que haber mencionado aquel hotel como destino de su viaje, cuando alquiló el automóvil.
Un portero se aproximó para abrir la portezuela. No quedaba más remedio que entrar.
Sin dirigir una mirada a Taichiro, Keiko se dirigió al mostrador de recepción y preguntó:
–¿Han hecho una reserva para Oki, desde Kitcho, en el monte Arashi?
–En efecto –respondió el recepcionista–. Creo que es por una noche, ¿no?
Keiko se hizo a un lado, para que Taichiro llenara la ficha. Después de lo que ella había dicho, Taichiro se vio obligado a dar su verdadero nombre y su dirección real. Luego añadió "y Keiko", junto a su nombre. Por alguna razón, eso lo hizo sentir aliviado.
El botones los condujo al ascensor, pero sólo subieron hasta el primer piso. Keiko parecía encantada con la suite.

Además del dormitorio, había un amplio salón cuyas ventanas se abrían sobre el lago por un lado, y sobre las colinas próximas a Kyoto, por el otro. La balaustrada del balcón era roja, quizá para armonizar con la arquitectura estilo Momoyama del hotel. Las paredes artesonadas, las ventanas de paneles corredizos, las puertas de vidrio con anchos marcos tenían un aire digno y anticuado. Cada uno de los amplios ventanales abarcaba una pared completa.
Apareció una mucama llevándoles té verde.
Keiko permanecía inmóvil junto a la ventana que daba al lago, cuya blanca cortina de encaje sostenía con ambas manos.
Taichiro se había sentado en el sofá y la observaba. La joven llevaba un quimono diferente del de la víspera, pero con el mismo obi del arco iris.
El lago se extendía a su izquierda. Sobre su tersa superficie se desplazaban enjambres de veleros. La mayoría de las velas eran blancas, pero también las había rojas, púrpura o azul oscuro. Aquí y allá, las lanchas pasaban como una exhalación, levantando cortinas de agua y dejando atrás una estela de espuma.
Desde afuera llegaba el rugido de los motores, la vocinglería de los huéspedes reunidos en torno a la piscina del hotel y el ronroneo de una cortadora de césped. Adentro, el acondicionador de aire dejaba oír su zumbido.
Por un rato Taichiro aguardó que ella hablara. Luego le preguntó si quería una taza de té.
Keiko hizo un gesto negativo con la cabeza.
–¿Por qué no hablas? –preguntó–. ¿Por qué estás tan callado? Es una crueldad de tu parte.
Tironeó la cortina con gesto caprichoso.
–¿No te parece que es una vista hermosísima?
–Sí. Es hermosísima. Pero yo estaba pensando en lo hermosa que eres tú. Tu nuca, tu obi...
–¿Recuerdas cuando me tenías en tus brazos, allá en el templo?
–¿Que si recuerdo... eso?
–Supongo que estás enfadado conmigo. Estás escandalizado Lo sé.
–Quizá, sí.
–Yo también. Es terrible que una mujer se entregue en forma tan completa.
Bajó la voz:
–¿Así que por eso no te acercas a mí?
Taichiro se puso de pie y se acercó a ella. Le apoyó una mano sobre el hombro y la guió dulcemente hasta el sofá. Ella permaneció sentada cerca de él, pero mantuvo los ojos bajos.
–Sírveme un poco de té –susurró.
Él levantó la taza y se la tendió.
–De tu boca.
Taichiro tomó un sorbo de té y lo dejó filtrar poco a poco por entre los labios de ella. Keiko bebió el té con los ojos cerrados y con la cabeza echada hacia atrás. Su cuerpo estaba inerte, con excepción de los labios y de la garganta.
–Más –dijo, sin moverse.
Taichiro tomó otro sorbo de té y se lo dio boca a boca.
–¡Ay, qué lindo! –exclamó Keiko, abriendo los ojos–. Me gustaría morir ahora. ¡Por qué no habrá sido veneno!... Estoy acabada. Acabada. Y tú también.
Tras una pausa dijo:
–Vuélvete.
Empujó a Taichiro para que se volviera y apretó el rostro contra su hombro. Luego buscó sus manos. Taichiro tomó una de las manos de la muchacha y la contempló mientras acariciaba un dedo tras otro.
–Lo lamento –dijo Keiko–. ¡Qué desconsideración de mi parte! Seguramente estás deseando bañarte. ¿Qué te parece si lleno la bañera?
–Muy bien.
–A no ser que prefieras tomar una ducha.
–¿Te parece que la necesito?
–Me gustas tal cual estás. Nunca me había gustado tanto un aroma, como el de tu piel –hizo una pausa–. Pero supongo que preferirás refrescarte.
Keiko desapareció en el dormitorio. Taichiro oyó el sonido del agua que corría en el cuarto de baño vecino al dormitorio.
Estaba observando un vapor de excursiones que se aproximaba al muelle del hotel, cuando Keiko apareció para anunciarle que el baño estaba listo.
Taichiro jabonó con vigor su cuerpo sudoroso. Unos repentinos golpes en la puerta lo hicieron sobresaltar. ¿Estaba por entrar Keiko? Luego oyó la voz de la muchacha anunciándole que lo llamaban por teléfono.
–No puede ser para mí. ¿Quién llama?... Tiene que ser un error.
–Es para ti –repitió ella.
–Qué curioso. Nadie sabe que estoy aquí.
–Pero te aseguro que es para ti.
Sin secarse, Taichiro se echó encima un quimono de baño y salió.
–¿Dices que es para mí? –preguntó con expresión de sospecha.
Había un teléfono sobre la mesa de luz, entre las dos camas. Se dirigía a ese aparato, cuando Keiko le dijo que fuera a la otra habitación. En una mesita próxima al aparato de televisión había un teléfono con el receptor descolgado. En el instante en que Taichiro levantaba el receptor y se lo llevaba al oído, Keiko dijo:
–Es de tu casa, de Kamakura.
–¡Qué dices! –exclamó Taichiro palideciendo–. ¿Cómo es posible?
–Tu madre está en la línea.
Keiko hizo una pausa y añadió con voz tensa:
–Yo la llamé. Le dije que estábamos aquí en el Hotel Lago Biwa y que has prometido casarte conmigo. Le dije que esperaba su consentimiento.
Taichiro la miró perplejo. Su madre tenía que estar oyendo lo que ella le decía. Cuando había entrado en el baño había cerrado tanto la puerta del dormitorio como la del baño. Eso y el ruido del agua habían impedido que oyera la conversación telefónica de Keiko. ¿Su invitación a que se bañara habría sido parte del plan?
–¿Taichiro? Taichiro, ¿eres tú? –la voz de su madre vibró en el receptor sobre el cual su mano se crispaba.
Taichiro no apartaba los ojos de Keiko y ella le devolvía la mirada sin parpadear. Sus bellos ojos tenían un brillo penetrante.
–¿Habla Taichiro?
–Sí, madre, soy yo –respondió el joven llevándose el receptor al oído.
–¿Seguro que eres tú Taichiro? –insistió la madre y luego añadió con voz trémula–: ¡No hagas eso, Taichiro! ¡Por favor no lo hagas!
Taichiro no respondió.
–Tú sabes qué clase de mujer es ésa, ¿no? Tienes que  saberlo.
Taichiro seguía sin hablar. Keiko lo rodeó con los brazos desde atrás. Con la mejilla le apartó el receptor del oído y le acercó los labios a la oreja.
–Madre –dijo suavemente–. Madre, me pregunto si comprendes por qué te llamé.
–¿Me estás oyendo Taichiro? –preguntaba Fumiko desde el otro extremo de la línea–. ¿Quién habla?
–Soy yo –respondió Taichiro, apartándose de los labios de Keiko y llevándose nuevamente el receptor al oído.
–¡Qué descaro! ¡Contesta en tu lugar! ¿Fue ella quien te hizo llamar? Taichiro, regresa a casa –prosiguió la madre sin aguardar respuesta–. Deja ese hotel inmediatamente y ven a casa... Ella está escuchando, ¿no? ¡No me importa! Quiero que me oiga. Taichiro, no te mezcles con esa chica. Es una mujer temible... ¡Lo sé! No aguantaré que me vuelvan a martirizar. ¡Esta vez me mataría! Y no lo digo porque ella sea discípula de la señorita Ueno.
Mientras Taichiro escuchaba, los labios de Keiko rozaban su nuca.
–Si yo no hubiera sido discípula de la señorita Ueno, nunca te habría conocido –susurró.
–Lo digo porque es despreciable –prosiguió la madre–. Creo que también intentó seducir a tu padre.
–¿Sí? –exclamó Taichiro débilmente y se volvió para mirar a Keiko. La cabeza de ésta se movió con la del hombre, sin que sus labios se apartaran de la nuca de él. Taichiro sintió que estaba insultando a su madre al escucharla mientras Keiko lo besaba. Pero no podía cortar la comunicación sin más ni más.
–Está bien... Hablaremos de eso cuando regrese a casa.
–¡Sí... vuelve en seguida! No has cometido ningún disparate, ¿verdad? Supongo que no piensas pasar la noche allí. No hubo respuesta.
–Taichiro, ¡mírala a los ojos! Piensa en lo que te dice. ¿Por qué supones que quiere casarse contigo, siendo discípula de la Ueno? Es el plan de una mujer perversa. Por lo menos es perversa en lo que a nosotros respecta. Estoy segura de lo que te digo, no es sólo una fantasía. ¡Tuve la sensación de que te traería mala suerte viajar a Kyoto esta vez y no estaba errada! Tu padre también se preocupó y comentó que le parecía sospechoso. Taichiro, si no vuelves a casa inmediatamente, tu padre y yo tomaremos el próximo avión para Kyoto.
–Entiendo.
–¿Que entiendes qué? Pero vuelves a casa, ¿no? –insistió, nuevamente sin esperar respuesta–. ¿Vuelves a casa realmente?
–Está bien.

Keiko penetró a toda prisa en el dormitorio y cerró la puerta tras de sí.
Taichiro se detuvo en silencio junto a la ventana y contempló el lago. Un avión pequeño, probablemente destinado a turismo, describió una amplia curva a muy poca altura sobre la superficie del agua. Algunas de las lanchas pasaban a gran velocidad; una de ellas remolcaba a una muchacha con esquíes de agua.
Las voces de las personas que estaban en la piscina del hotel le llegaban con claridad. Tres muchachas en traje de baño estaban tendidas en actitudes provocativas sobre el césped que se extendía bajo su ventana.
Oyó la voz de Keiko desde el dormitorio. Cuando abrió la puerta la vio de pie, vistiendo un traje de baño blanco. El aliento se le cortó y desvió la vista. La piel suavemente bronceada de la muchacha era tan deslumbrante, que él apenas si advirtió el traje de baño.
–Es una hermosura –dijo ella, mientras se dirigía a la ventana.
El traje de baño dejaba toda su espalda al descubierto.
–Mira qué cielo precioso, allí junto a las montañas. Por la ladera de la montaña descendían unos rayos dorados de sorprendente nitidez.
–¿No es ése el monte Hiei? –preguntó Taichiro.
–Sí, Tengo la sensación de que son espadas que se están clavando en nuestro destino –comentó Keiko y luego se volvió y le preguntó–: ¿Qué ocurre con tu madre?
–No seas absurda.
–Estoy hablando en serio.
De pronto Keiko le echó los brazos al cuello.
–Ven, vamos a nadar. Quiero sumergirme en agua fría. Me prometiste, ¿lo recuerdas? También me prometiste que daríamos un paseo en lancha. Esa promesa me la hiciste a tu llegada.
Se apretó contra él.
–¿Vas a regresar a Kamakura porque hablaste con tu madre? Cuando llegues descubrirás que ellos han venido a buscarte. Es probable que tu padre no quiera hacerlo, pero tu madre se encargará de que la siga.
–¿Lo sedujiste, Keiko?
La muchacha hizo un gesto negativo con la cabeza y escondió el rostro en su pecho.
–¿Te seduje a ti? Dime, ¿te seduje?
Los brazos de Taichiro rodeaban la espalda desnuda de Keiko.
–No hablo de mí mismo. No cambies de tema.
–¡Eres tú quien cambia de tema! Te pregunto si yo te seduje a ti. ¿Es eso lo que piensas? Hizo una pausa.
–¿Cómo puede ser tan cruel un hombre con una mujer que está en sus brazos? ¿Cómo puedes preguntarme si seduje a tu padre?
Keiko empezó a sollozar.
–¿Qué quieres que te diga? –prosiguió–. ¡Quisiera tirarme al lago y ahogarme!
Taichiro aferró los hombros de la muchacha, que se agitaban convulsos y sintió el contacto de uno de los breteles. Comenzó a deslizarlo hacia abajo, dejando uno de sus pechos al descubierto. Luego deslizó el otro bretel. Keiko arqueó la espalda y ofreció sus pechos desnudos.
–¡No! El derecho no. ¡Por favor! ¡Por favor el derecho no! –Las lágrimas brotaban a torrentes de sus ojos firmemente cerrados.

Keiko se envolvió en una gran toalla antes de dirigirse a la piscina. Taichiro estaba en mangas de camisa. Juntos atravesaron el hall, rumbo al jardín que se extendía frente al lago. Frente a ellos había un gran árbol cubierto de flores blancas semejantes a las de hibisco.
A cada lado del jardín había una piscina. Los niños usaban la de la derecha. La de la izquierda, cercada, estaba sobre una pequeña elevación al borde de la extensión de césped.
Taichiro se detuvo ante la verja de la piscina de la izquierda.
–¿No me acompañas? –preguntó Keiko.
–No, te esperaré.
Taichiro se sentía un poco incómodo en compañía de una muchacha que atraía tanto la atención.
–¿Ah, sí? Sólo quiero darme un remojón. Es mi primer baño de este verano y quiero saber si estoy en forma.
En el césped de la orilla había grupos de sauces llorones y de cerezos.
Taichiro se sentó en un banco, a la sombra de un viejo olmo, y miró en dirección a la piscina. No alcanzó a divisar a Keiko hasta que ésta subió al trampolín bajo y se dispuso a zambullirse.
El tenso cuerpo de Keiko se recortaba contra el lago y las montañas distantes. Las montañas estaban veladas por la bruma. Una tenue tonalidad rosada coloreaba las aguas del lago, sobre el cual comenzaban a descender las primeras sombras. Las velas de los yates ya reflejaban los mansos colores del atardecer. Keiko se zambulló, levantando una nube de gotas.
Al salir de la piscina, Keiko alquiló una lancha e invitó a Taichiro a acompañarla en su paseo por el lago.
–Está oscureciendo –señaló él–. ¿Por qué no mañana?
–¿Mañana? –los ojos de Keiko se iluminaron–. ¿De modo que te quedas?... No sé qué ocurrirá mañana. ¿No tengo razón? De todos modos, cumple esta promesa. Regresaremos en seguida. Quisiera estar a solas contigo en el lago por unos minutos. Quiero que nos abramos paso a través de nuestro destino y que flotemos sobre las aguas. El mañana siempre se nos escapa. Vayamos hoy.
–Lo arrastró de un brazo.
–¡Mira cuántos barcos navegan aún! –lo animó.

Tres horas más tarde, Ueno Otoko se enteró por radio del accidente de lancha en el lago Biwa y se dirigió en auto al hotel. El informativo anunciaba que una muchacha llamada Keiko había sido recogida por uno de los veleros. Keiko estaba en cama cuando ella llegó.
Al entrar en la habitación, Otoko preguntó a la camarera que cuidaba a Keiko, si ésta estaba aún inconsciente.
–Le han aplicado un sedante –respondió la mujer.
–¿De modo que está fuera de peligro?
El médico dice que no hay razón para preocuparse. Parecía muerta cuando la trajeron a la orilla; pero le practicaron respiración artificial y no tardó en reanimarse. Comenzó a manotear desesperadamente y a pronunciar el nombre de su acompañante.
–¿Y cómo está él?
–No lo han encontrado todavía, a pesar de que es mucha la gente que lo está buscando.
–¡No lo han encontrado!
La voz de Otoko temblaba.
Pasó a la otra habitación y se asomó a la ventana. Las luces de las lanchas se movían sin cesar sobre la negra superficie de agua que se extendía hasta la distancia, a la izquierda del hotel.
–Han salido todos los botes y lanchas de la zona. No sólo los nuestros –explicó la camarera–. Las lanchas de la policía también están recorriendo el lago y se han encendido hogueras a lo largo de la costa. Pero probablemente sea demasiado tarde para salvarlo.
La mano de Otoko se crispó sobre la cortina.

Lejos del inquieto ir y venir de las luces de las lanchas, un vapor de excursión, festoneado de farolitos rojos, avanzaba lentamente hacia el muelle del hotel. Desde la orilla opuesta ascendían al cielo fuegos artificiales.
Otoko advirtió que las rodillas le temblaban. Luego, su cuerpo entero comenzó a agitarse y tuvo la impresión de que los farolitos del vapor se mecían. Se apartó de la ventana con un esfuerzo.
La puerta del dormitorio estaba abierta. Al ver la cama de Keiko regresó a toda prisa a la habitación, como si hubiera olvidado que ya había estado allí antes.
Keiko dormía un sueño apacible. Su respiración era regular.
Eso intranquilizó más aún a Otoko.
–¿Podemos dejarla así?
La camarera hizo un gesto afirmativo.
–¿Cuándo va a despertar?
–No lo sé.
Otoko apoyó la mano sobre la frente de Keiko. La piel fresca y húmeda parecía pegajosa. El rostro de la joven estaba pálido. Sólo en las mejillas se insinuaba un leve tono rosado.
Su cabellera se derramaba sobre la almohada en una intrincada masa, tan negra, que parecía mojada aún. Los primorosos dientes brillaban apenas por entre los labios entreabiertos. Tenía los brazos extendidos a lo largo del cuerpo, bajo las mantas. Al verla así, dormida, el rostro puro e inocente de Keiko conmovió profundamente a Otoko. Parecía estar despidiéndose, de Otoko y de la vida.
Estaba a punto de sacudirla para que despertara, cuando oyó unos golpes en la puerta de la otra habitación. La camarera fue a abrir.
Oki Toshio y su esposa entraron. Él se detuvo no bien vio a Otoko.
–De modo que usted es la señorita Ueno –dijo Fumiko.
Las dos mujeres se encontraban por primera vez.
–De modo que usted es la que hizo matar a mi hijo –prosiguió Fumiko con voz serena, carente de emoción.
Otoko movió los labios, pero las palabras no surgieron. Estaba inclinada sobre la cama de Keiko, apoyada sobre un brazo. Fumiko avanzó hacia ella y Otoko se echó atrás.
La mujer aferró con ambas manos el quimono de dormir de Keiko y la sacudió.
–¡Despiértese! ¡Despiértese!
La cabeza de Keiko se agitaba con la violencia de los sacudones.
–¿Por qué no despierta?
–Es inútil –dijo Otoko–. Está bajo el efecto de un sedante.
–Le tengo que preguntar algo –dijo Fumiko sin dejar de sacudirla–. ¡Es una cuestión de vida o muerte para mi hijo!
–Esperemos –trató de calmarla Oki–. Toda esa gente que está recorriendo el lago lo busca.
Rodeó los hombros de su esposa con un brazo y juntos abandonaron la habitación.
Con un suspiro, Otoko se sentó en la cama y observó el rostro dormido de la joven. De la comisura de los ojos de Keiko partía un reguero de lágrimas.
–¡Keiko!
Keiko abrió los ojos. Las lágrimas seguían brillando en ellos cuando miró a Otoko.


FIN


viernes, 24 de enero de 2014

“Dragón volador”, de Ursula K. Le Guin

Dragón volador”, de Ursula K. Le Guin

I
Iria
Los antepasados de su padre habían sido dueños y señores de un amplio y rico territorio en la amplia y rica Isla de Way. No reclamaron ningún título o privilegio en la corte en la época de los reyes, aunque durante todos los años oscuros que sobrevinieron después de la caída de Maharion gobernaron a su tierra y a su gente con mano firme, reinvirtiendo sus ganancias en las tierras, garantizando alguna clase de justicia, y deshaciéndose de tiranos mezquinos. A medida que el orden y la paz se iban restableciendo en el Archipiélago bajo el dominio de los hombres sabios de Roke, durante un tiempo, la familia y sus granjas y aldeas siguieron prosperando. Aquella prosperidad y la belleza de las praderas y de los altos pastos y de las colinas coronadas por robles convertían aquel territorio en un símbolo, por lo que la gente decía “tan gordo como una vaca de Iria” o “tan afortunado como un iriano”. Los señores y muchos habitantes de la zona agregaban aquel nombre al suyo propio, llamándose a sí mismos irianos. A pesar de que los granjeros y los pastores seguían temporada tras temporada, año tras año, y generación tras generación, tan firmes y prósperos como los robles, la familia que poseía la tierra cambió y fue decayendo con el tiempo y la suerte.
Una disputa entre hermanos por su herencia los dividió. Un heredero manejó mal lo que había heredado, con codicia, el otro con estupidez. Uno tenía una hija que se casó con un comerciante y trató de gobernar su herencia desde la ciudad, el otro tenía un hijo cuyos hijos tuvieron otra disputa, dividiendo así la tierra ya dividida. Cuando nació la niña llamada Dragónvolador, Iría, aunque era todavía una de las regiones de colinas y campos y praderas más hermosa de toda Terramar, era ya un campo de batalla de desavenencias y litigios. En las tierras de labranza solo quedaron malas hierbas, las granjas se quedaron sin techo, dejaron de utilizarse los ordeñaderos y los pastores siguieron a sus rebaños por la montaña para encontrar mejores pastos. La antigua casa que había sido el centro del territorio estaba medio en ruinas sobre su colina entre los robles.
Su dueño era uno de los cuatro hombres que se hacían llamar Señores de Iría. Los otros tres lo llamaban el Señor de la Antigua Iría. Pasó su juventud y gastó lo que le quedaba de la herencia en cortes judiciales y en las antesalas de los Señores de Way en Shelieth, intentando probar su derecho a todo el territorio, tal como había sido cien años atrás. Regresó fracasado y amargado, y pasó el resto de su vida bebiendo el fuerte vino tinto de su último viñedo y caminando por los límites de su terreno con una jauría de perros maltratados y mal alimentados, para mantener a los intrusos fuera de sus tierras.
Mientras estaba en Shelieth había contraído matrimonio con una mujer sobre la cual nadie sabía nada en Iría, porque era de alguna otra isla, según se decía, de algún lugar del oeste; y nunca había ido a Iría, porque había muerto dando a luz allí en la ciudad.
Cuando regresó a casa llevaba consigo a una hija de tres años. Se la entregó al ama de llaves y se olvidó de ella. Cuando estaba borracho a veces se acordaba de ella. Si podía encontrarla, la hacía quedarse de pie junto a su silla o sentarse sobre sus rodillas y escuchar todos los males que le habían sucedido a él y a la casa de Iría. Maldecía y lloraba y bebía y la hacía beber a ella también, haciéndole jurar que honraría su herencia y que le sería leal a Iría. Ella tragaba el vino, pero odiaba las maldiciones y las lágrimas, y las babosas caricias que les seguían. Escaparía, tan pronto como pudiera, si podía, y acudiría a los perros y a los caballos y al ganado. A ellos les había jurado que le sería fiel a su madre, a quien nadie conocía ni honraba ni le era fiel, excepto ella.
Cuando tenía trece años, el viejo viñero y el ama de llaves, que eran los únicos que quedaban en la casa, le dijeron al Señor que ya era hora de que le dieran su nombre a su hija. Le preguntaron si debían mandar a buscar al hechicero del Estanque del Oeste, o si la bruja de su aldea serviría. El Señor de Iria comenzó a gritar, furioso: —¿Una bruja de aldea? ¿Una bruja para darle a la hija de Irian su nombre verdadero? ¿O un traidor sirviente hechicero, uno de aquellos arrebatadores de tierras advenedizos que le robaron el Estanque del Oeste a mi abuelo? Si ese turón pone un pie sobre mis tierras, le soltaré los perros para que le saquen el hígado. ¡Id y decidle eso, si queréis! —Etcétera, etcétera.
La vieja Margarita volvió a su cocina y el viejo Conejo regresó a sus vides, y Dragónvolador, con sus trece años, salió corriendo de la casa y bajó así la colina hasta llegar a la aldea, y profirió las maldiciones de su padre a los perros, quienes, locos de excitación por sus gritos, ladraron y aullaron y salieron corriendo detrás de ella.
—¡Vuelve a casa, maldita perra de corazón negro! —gritó ella—. ¡Y tú también, arrastrado traidor! —Y los perros se callaron y regresaron sigilosamente a la casa con la cola entre las patas.
Dragónvolador encontró a la bruja de la aldea sacando gusanos de una herida infectada en la grupa de una oveja. El nombre de pila de la bruja era Rosa, como el de muchas otras mujeres en Way y en otras islas del Archipiélago Hárdico. A la gente que tiene un nombre secreto que contiene su poder como un diamante contiene luz, le gusta tener un nombre público común y corriente, como los nombres de otra gente.
Rosa estaba murmurando maquinalmente un sortilegio que se sabía de memoria, pero eran sus manos y su pequeño y afilado cuchillo los que hacían casi todo el trabajo. La oveja soportaba pacientemente el cuchillo afilado, sus ojos opacos, ambarinos, observando el silencio; solo pateaba de vez en cuando con su pequeña pata delantera izquierda y suspiraba.
Dragónvolador miraba con atención el trabajo de Rosa. Rosa sacó un gusano, lo dejó caer, le escupió encima y volvió a su tarea. La niña se apoyó contra la oveja, y la oveja se apoyó contra la niña, dando y recibiendo calor. Rosa extrajo, dejó caer y escupió sobre el último gusano, y dijo: —Ahora alcánzame ese cubo —lavó la llaga con agua salada. La oveja suspiró profundamente y de repente salió caminando del patio, camino a casa. Ya había tenido curación. —¡Machito! —gritó Rosa—. Un mugriento niño apareció por debajo de un arbusto, donde había estado durmiendo y persiguiendo a la oveja, de quien estaba nominalmente a cargo a pesar de que ella era más vieja, más grande, estaba mejor alimentada y probablemente fuera más sabia que él.
—Me han dicho que deberías darme un nombre —dijo Dragónvolador—. Mi padre se puso furioso al oírlo, así que no hay nada que hacer.
La bruja no dijo nada. Sabía que la niña tenía razón. Una vez que el Señor de Iria decía que permitiría o no permitiría alguna cosa, nunca cambiaba de opinión, sintiéndose orgulloso de su inflexibilidad, ya que, desde su punto de vista, únicamente los hombres débiles decían una cosa y luego hacían otra.
—¿Por qué no puedo darme a mí misma mi propio nombre? —preguntó Dragónvolador, mientras Rosa lavaba el cuchillo y sus manos con el agua salada.
—No se puede.
—¿Por qué no? ¿Por qué tiene que ser una bruja o un hechicero? ¿Qué es lo que hacéis vosotros?
—Bueno... —empezó Rosa, y tiró el agua salada sobre la tierra desnuda del pequeño patio delantero de su casa, la cual, como la mayoría de las casas de las brujas, estaba situada un poco apartada de la aldea—. Bueno —repitió, enderezándose y mirando vagamente a su alrededor, como buscando una respuesta, o una oveja, o una toalla—. Tienes que saber algo acerca del poder, ¿sabes? —dijo por fin, y miró a Dragónvolador con un ojo. Su otro ojo miraba un poco hacia un lado. A veces Dragónvolador pensaba que el hechizo estaba en el ojo izquierdo de Rosa, a veces le parecía que estaba en el derecho, pero siempre un ojo miraba recto y el otro observaba algo que estaba fuera del alcance de la vista, detrás de la esquina, o en cualquier otro sitio.
—¿Qué poder?
—El único —dijo Rosa. Tan pronto como la oveja hubo desaparecido, entró en su casa. Dragónvolador la siguió, pero solamente hasta la puerta. Nadie entraba a la casa de una bruja sin ser invitado.
—Tú dijiste que yo lo tenía —dijo la niña ante la apestosa penumbra de la única habitación de la choza.
—Dije que había una fuerza en ti, una muy poderosa —dijo la bruja desde la oscuridad—. Y tú también lo sabes. Lo que debes hacer yo no lo sé, ni tú tampoco. Eso es lo que hay que descubrir. Pero no hay un poder que te permita nombrarte a ti misma.
—¿Por qué no? ¿Qué es más uno mismo que el propio nombre verdadero?
Un largo silencio. La bruja emergió con un huso y una bola de lana grasienta. Se sentó sobre el banco que estaba junto a la puerta y comenzó a girar el huso. Había hilado más de noventa centímetros de hilaza gris amarronada antes de contestar.
—Mi nombre soy yo misma. Cierto. Pero, entonces, ¿qué es un nombre? Es lo que otro me llama. Si no hubiera nadie más, solamente yo, ¿para qué querría un nombre?
—Pero... —dijo Dragónvolador y se detuvo, atrapada por el argumento. Después de un rato dijo: —¿Entonces un nombre tiene que ser un regalo?
Rosa asintió con la cabeza.
—Dame un nombre, Rosa —dijo la niña.
—Tu papá dice que no.
—Yo digo que sí.
—Aquí él es el que manda.
—Puede hacerme pobre y estúpida y despreciable, ¡pero no puede dejarme sin nombre!
La bruja suspiró, como la oveja, incómoda y pensativa.
—Esta noche —dijo Dragónvolador—. En nuestro manantial, el que está al pie de la Colina de Iria. Lo que no sepa no le hará daño.
Su voz parecía medio engatusadora, medio salvaje.
—Deberías tener tu debido día de nombramiento, tu fiesta y tu baile, como cualquier jovencito —le dijo la bruja—. El nombre debe darse al amanecer. Y después tiene que haber música y festejos todo el día. Una fiesta. No recibirlo escapando a escondidas por la noche sin que nadie lo sepa...
—Lo sabré yo. ¿Cómo sabes qué nombre decir, Rosa? ¿Te lo dice el agua? La bruja sacudió una vez su cabeza color gris hierro.
—No puedo decírtelo.
—Su “no puedo” no significaba “no lo haré”. Dragónvolador esperó. Es el poder, como te he dicho antes. Simplemente viene.
—Rosa dejó de hilar y levantó la vista para mirar con un ojo una nube que había hacia el oeste; el otro miraba un poco hacia el norte del cielo. —Estáis allí, en el agua, juntas, tú y la niña. Tú le quitas el nombre a la niña. La gente puede seguir utilizando ese nombre como nombre de pila, pero ya no es su nombre, ni siquiera lo fue. Así que ahora ya no es una niña, y ya no tiene nombre. Entonces esperas. Allí, en el agua. Y abres tu mente, como... como si abrieras al viento las puertas de una casa. Y él viene.
Tu lengua lo dice, dice el nombre. Tu aliento lo forma. Se lo das a aquella niña, el aliento, el nombre. No puedes pensar en ello. Dejas que entre en ti. Debe pasar a través de ti y el agua le pertenece. Ese es el poder, así es como funciona. Es así. No es algo que haces. Debes saber cómo saberlo dejar hacer. Ese es todo el poder.
—Los magos pueden hacer más que eso —dijo la niña después de un rato.
—Nadie puede hacer más que eso —dijo Rosa.
Dragónvolador giró la cabeza sobre su cuello, estirándose hasta que la vértebra le crujió, estirando con impaciencia sus largos brazos y piernas.
—¿Lo harás? —preguntó.
Después de un rato, Rosa asintió una vez con la cabeza.
Se encontraron en la oscuridad de la noche, en el sendero que pasa al pie de la Colina de Iria, bastante después del atardecer, bastante antes del amanecer. Rosa creó una esfera de luz tenue para que pudieran encontrar el camino a través del terreno pantanoso alrededor del manantial sin caerse en un pozo ciego entre los juncos. En la fría oscuridad, debajo de unas pocas estrellas y de la curva negra de la colina, se desnudaron y caminaron por las aguas poco profundas, sus pies hundiéndose profundamente en un barro de terciopelo. La bruja tocó la mano de la niña, diciendo: —Niña, tomo tu nombre. No eres una niña. No tienes nombre.
Todo estaba completamente inmóvil.
La bruja dijo ahora en un susurro: —Mujer, sé nombrada. Eres Irían.
Durante un momento más largo se quedaron quietas; luego el viento nocturno sopló atravesando sus hombros desnudos y temblorosos, salieron del agua, se secaron lo mejor que pudieron, lucharon descalzas y miserables, para atravesar los cañaverales de puntas cortantes y raíces enmarañadas, y encontraron el camino de regreso hasta el sendero. Y allí, Dragónvolador habló en un susurro llena de furia y de rabia:
—¡Cómo has podido darme ese nombre! —La bruja no dijo nada. —No está bien. ¡No es mi verdadero nombre! Pensé que mi nombre me haría ser yo. Pero esto solo empeora las cosas. Te has equivocado. Eres solo una bruja. Lo has hecho mal. Ese es su nombre. Y puede quedárselo. Está tan orgulloso de él, de sus estúpidos dominios, de su estúpido abuelo. Yo no lo quiero. No lo aceptaré. Esa no soy yo. Todavía no sé quién soy. ¡Pero no soy Irian! —De repente se quedó callada, después de decir el nombre.
La bruja seguía sin decir una palabra. Caminaron en la oscuridad una junto a la otra. Finalmente, con una voz aplacada, atemorizada, Rosa dijo: —Vino tan...
—Si se lo dices a alguien alguna vez, te mataré —le dijo Dragónvolador.
Al oír eso, la bruja dejó de caminar. Musitó guturalmente, como un gato.
—¿Decírselo a alguien?
Dragónvolador también se detuvo. Después de un instante dijo: —Lo siento. Pero siento como... siento como si me hubieras traicionado.
—He dicho tu verdadero nombre. No es lo que yo creía que sería. Y no me siento a gusto con ello. Como si hubiera dejado algo a medio hacer. Pero es tu nombre. Si te traiciona, entonces esa es su verdad.
Rosa dudó unos instantes y luego dijo ya menos enfadada, más fríamente: —Si quieres el poder para traicionarme a mí, Irian, yo te lo daré. Mi nombre es Etaudis.
El viento había comenzado a soplar otra vez. Las dos estaban temblando, los dientes les castañeteaban. Estaban de pie cara a cara sobre el negro sendero, apenas podían ver dónde estaba la otra. Dragónvolador extendió la mano a tientas y se encontró con la mano de la bruja. Se dieron un ferviente y largo abrazo. Luego siguieron su camino con prisa, la bruja a su choza cerca de la aldea, la heredera de Iria colina arriba a su casa en ruinas, donde todos los perros, quienes la habían dejado ir sin hacer demasiado escándalo, la recibieron con un clamor y un alboroto de ladridos que despertó a todo el que se encontraba durmiendo a media milla a la redonda, excepto al Señor, totalmente borracho junto a su fría chimenea.
Cuentos de Terramar. Barcelona, Minotauro, 2002.

La piedra que cambió las cosas. LE GUIN, Úrsula

La piedra que cambió las cosas.  En Un pescador del mar interior. Minotauro. Barcelona, 1996. pp. 69-82.


Trabajando un día con su cuadrilla en la mole de piedra del Colegio Obling, una nurobl llamada Bu encontró la piedra que cambió las cosas.
Allí donde viven los obls, a lo largo de las orillas del río hay cantos rodados, piedras grandes y pequeñas, guijarros y grava, apilados y esparcidos por kilómetros. Las ciudades de los nurobls están construidas en piedra; cuando quieren darse un festín de carne cazan el conejo de roca. Los nurobls recogen y preparan musgo y líquenes para las comidas ordinarias, y construyen las casas y los colegios y los mantienen pulcros, pues los obls se ponen nerviosos y se sienten infelices cuando las cosas no están en orden.
El corazón de una ciudad obl es el colegio, y el orgullo de todo colegio son las terrazas, que descienden escalonadas hasta el río desde los altos edificios. Las piedras de las terrazas se disponen según el tamaño: los cantos rodados forman los muros exteriores, y más adentro hay hileras de grandes rocas, luego filas de piedras pequeñas, y finalmente terrazas de mosaicos, con guijarros engastados y dibujos en la grava. Los obls pasean y se sientan en las terrazas en los días largos y cálidos, fumando hojas de ta en pipas de esteatita y discutiendo de historia, historia natural, filosofía y metafísica. Mientras las rocas estén dispuestas en orden, según la forma y el tamaño, y las configuraciones se mantengan completas y nítidas, los obls disfrutan de paz mental y pueden pensar con profundidad. Después de conversar en las terrazas, los obls viejos más sabios entran en los colegios y anotan en los Libros de Registro lo mejor de cuanto se ha pensado y dicho ese día; los Libros se guardan cuidadosamente alineados en las bibliotecas de los colegios.Cuando el río desborda al comienzo de la primavera y sube por las terrazas, volcando rocas, llevándose la grava y provocando un gran desorden, los obls permanecen en el interior de los colegios. Allí leen los Libros de Registro, discuten y anotan, planean nuevos dibujos para las terrazas, se dan festines de carne y fuman. Los nurs preparan y sirven los festines y mantienen las habitaciones de los colegios en orden. Tan pronto como pasan las inundaciones, empiezan a clasificar las rocas y a recomponer las terrazas. Se dan prisa, porque el desorden dejado por las inundaciones pone a los obls muy nerviosos, y cuando están nerviosos, golpean y violan a los nurs con más violencia que de costumbre.
Las inundaciones primaverales de aquel año habían irrumpido a través del muro de cantos rodados de la ciudad de Obling, y habían dejado ramas, maderos y otros restos sobre las terrazas, alterando o destruyendo muchos de los dibujos. Las terrazas del Colegio Obling eran notables por el orden perfecto y la belleza compleja de sus diseños de guijarros. Célebres obls habían pasado años diseñando los dibujos y escogiendo las piedras; se dice que un gran diseñador, Aknegni, ayudó con sus propias manos a la perfección de la obra. Si se pierde un solo guijarro de un dibujo, los nurobls pasarán días buscando entre las pilas uno de la misma forma y tamaño. A tal actividad estaba entregada la nurobl llamada Bu y su cuadrilla cuando encontró la piedra que cambió las cosas.
Cuando se necesitan piedras de reemplazo, los nurs de las pilas de piedra hacen a menudo una copia aproximada de esa sección del mosaico para poder así probar guijarros y ver si encajan sin tener que cargar con ellos todo el camino hasta las terrazas interiores. Bu había colocado una piedra en el molde del dibujo original, siguiendo esta costumbre, y la estaba mirando para asegurarse de que el tamaño y la forma eran exactas, cuando le llamó la atención una cualidad de la piedra que nunca antes había advertido: el color. Los guijarros de aquella parte del dibujo eran todos grandes óvalos de un palmo y cuarto de ancho y un palmo y medio de largo. La piedra que Bu acababa de colocar en el molde era un perfecto óvalo «cuarto-medio», y por tanto encajaba exactamente; pero, mientras las otras piedras eran en su mayoría de un gris azulado oscuro con vetas regulares, la nueva era de un vivo azul verdoso moteado de un verde jade más pálido.Por supuesto, Bu sabía que el color de una piedra es una cuestión absolutamente indiferente, una cualidad accidental y trivial que no afecta al verdadero dibujo. Sin embargo, se encontró a sí misma mirando con una peculiar satisfacción aquella piedra verdiazul. En ese momento pensó: «Esta piedra es hermosa». No estaba mirando, como debiera, todo el diseño, sino sólo la piedra, de un color que parecía más intenso por el color más pálido de las otras. Se sentía extrañamente conmovida; se le ocurrían extraños pensamientos. Pensó: «Esta piedra es importante. Tiene significado. Es una palabra». La levantó y la sostuvo mientras estudiaba el molde de prueba.
El dibujo original, sobre la terraza, era llamado el Diseño del Decano, por el decano del Colegio, Festl, quien había diseñado aquella parte de las terrazas. Cuando Bu volvió a poner la piedra verdiazul en el dibujo, el color continuó cautivándola. No pudo encontrar ningún significado en la piedra.
Le llevó la piedra verdiazul al nur-capataz de la pila de piedra y le preguntó si él veía algo que no estuviera bien o que fuera extraño o peculiar. El nur-capataz miró atentamente la piedra, pero al fin abrió mucho los ojos, queriendo decir que no.
Bu llevó la piedra hasta las terrazas interiores y la colocó en el dibujo auténtico. Encajaba en el Diseño del Decano exactamente; la forma y el tamaño eran perfectos. Pero, al retroceder para estudiar el dibujo, Bu pensó que apenas parecía el Diseño del Decano. No era que la nueva piedra cambiara el diseño; sencillamente completaba una configuración que Bu nunca antes había advertido allí: una configuración de color que tenía poca o ninguna relación con la disposición por forma y tamaño del Diseño del Decano. La nueva piedra completaba una espiral de piedras verdiazules dentro del campo de romboides entrelazados de óvalos «cuarto-medio» que formaban el centro del diseño de Festl. La mayoría de las piedras de ese color eran las que Bu había ido colocando en los últimos años; pero la espiral había sido comenzada por algún otro nur, antes que Bu fuera promovida al Diseño del Decano.
Justo entonces, el decano Festl apareció caminando bajo el sol primaveral con la oxidada escopeta al hombro, la pipa en la boca, contento de ver que el desorden de las inundaciones estaba siendo reparado. El Decano era un obl viejo y amable que nunca había violado a Bu, aunque la toqueteaba a menudo. Bu se armó de valor, ocultó los ojos y dijo:

—¡Señor Decano, señoría! ¿Podría el Señor Decano en su sabiduría tener la bondad de explicarme el significado verbal de esta sección del valioso dibujo que acabo de reparar?

El decano Festl se detuvo, quizá un poco disgustado porque lo distraían de sus meditaciones; pero al ver a la joven nur, que se agachaba con modestia y escondía los ojos, la toqueteó con indulgencia y dijo: —Ciertamente. Esta subsección de mi diseño puede ser leída, en el nivel más sencillo, como: «Dispongo las piedras con hermosura», o bien: «Dispongo las piedras en excelente orden». Hay un plano superior, un significado postverbal inmanente, por supuesto, además de los Inefables Arcanos. ¡Pero no necesitas ocupar tu cabecita en esas cosas!


—¿Es posible —preguntó la nur con voz sumisa— encontrar un significado en los colores de las piedras?

El Decano sonrió de nuevo y la toqueteó en varios lugares. —¿Quién sabe lo que pasa por la cabeza de un nur? ¡Color! ¡Significado en el color! Ahora vete, nurblit. Has hecho un trabajo de reparación excelente. Muy cuidado, muy hermoso. —Y siguió con su paseo, exhalando bocanadas de humo y disfrutando del sol primaveral.
Bu volvió a la pila de piedras y siguió escogiendo, pero no se sentía tranquila. Toda aquella noche soñó con la piedra verdiazul. En el sueño la piedra hablaba, y las piedras de alrededor también empezaban a hablar. Al despertar, Bu no recordaba las palabras que las piedras habían dicho.
El sol no se había levantado todavía, pero los nurs sí; y Bu habló con algunos compañeros de madriguera y amigos del trabajo mientras alimentaban y lavaban a sus blits y devoraban unos apresurados desayunos de liquen frito frío.

—Vayamos a las terrazas ahora, antes de que los obls se levanten —propuso Bu—. Quiero enseñarles algo.
Bu tenía muchos amigos, y ocho o nueve nurs la siguieron, algunos cargando con sus blits lactantes o que aún gateaban.
—¿Qué tendrá Bu en la cabeza esta vez? —se decían unos a otros, riendo.
—Ahora, miren —dijo Bu cuando todos estuvieron en la parte de la terraza que había diseñado el decano Festl—. Observen los dibujos. Y observen los colores de las rocas.
—Los colores no significan nada —dijo un nur, y otro añadió—: Los colores no son parte de los dibujos, Bu.
—Pero ¿y si lo fueran? —insistió Bu—. Sólo miren.
Los nurs, acostumbrados al silencio y la obediencia, miraron.
—Vaya —dijo uno después de un rato—. ¡Es asombroso!
—¡Miren! —exclamó Ko, el mejor amigo de Bu—. ¡Esa espiral de azules y verdes que recorre todo el Diseño! Y hay cinco hematitas alrededor de una arenisca amarilla…, como una flor.
—Toda esa sección de basalto marrón… ¿atraviesa el dibujo, no es así? —dijo la pequeña Ga.
—Forma otro dibujo. Un dibujo diferente —dijo Bu—. Quizá forma un dibujo inmanente de significado inefable.
—Vamos, Bu —dijo Ko—. ¿Es que eres un Profesor o algo parecido?
Los otros rieron, pero Bu estaba demasiado excitada para darse cuenta de que resultaba graciosa.
—No, no lo soy —dijo con vehemencia—, pero miren esa piedra verdiazul, allí, la última de la espiral.
—Serpentina —dijo Ko.
—Sí, lo sé. Pero si el Diseño del Decano significa algo... Él dijo que esa parte significa «Dispongo las piedras con hermosura»... Entonces, ¿no podría la piedra verdiazul ser una palabra diferente? ¿Con un significado diferente?
—¿Qué significado?
—No lo sé. Creí que quizá tú lo sabrías. —Bu miró con esperanza a Un, un nur anciano, lisiado desde la juventud a causa de un desprendimiento de rocas, tan bueno en la conservación de los diseños que los obls le habían permitido seguir con vida. Un miró con atención la piedra verdiazul y la curva de piedras del mismo color, y al fin habló lentamente:

—Quizá dice «El nur coloca piedras».
—¿Qué nur? —preguntó Ko.
—Bu —contestó la pequeña Ga—. Ella colocó la piedra.

Bu y Un abrieron mucho los ojos, perplejos.

—¡Los diseños nunca hablan de los nurs! —dijo Ko.
—Quizá sí los diseños de colores —dijo Bu, muy agitada y parpadeando deprisa.
—«El nur —dijo Ko, siguiendo la curva de verdiazul con los tres ojos—, el nur coloca las piedras hermosamente en ingobernables sinuosidades...» ¡Dios mío! ¿Qué es todo esto? —Continuó leyendo la curva:— «… en ingobernables sinuosidades que pre…» ¿Qué es eso? Oh, «que prefiguran lo visto».
—«La visión» —sugirió Un—. «La visión de…» No conozco la última palabra.
—¡Ven todo eso en los colores de las piedras? —preguntó Ga, maravillada.
—En los dibujos de los colores —respondió Bu—. No son accidentales. Tienen significado. Todo el tiempo hemos estado componiendo dibujos… no sólo los que los obls diseñan y nosotros hacemos, sino otros dibujos… dibujos de nur… con significados nuevos. ¡Miren, mírenlos!

Puesto que estaban acostumbrados al silencio y la obediencia, todos miraron los diseños de las terrazas interiores del Colegio de Obling. Vieron cómo la disposición por forma y tamaño de los guijarros y las piedras más grandes formaba cuadrados, rectángulos, triángulos y dodecaedros regulares, zigzags y diseños rectilíneos de gran belleza y ordenado significado. Y vieron cómo la disposición de las piedras por color había creado otros diseños, menos completos, a menudo apenas esbozados o insinuados: círculos, espirales, óvalos y complejos laberintos y marañas curvilíneas de gran belleza y significado imprevisible. De este modo, un largo lazo de cuarcitas blancas atravesaba la doble línea recta de piedras cuarto-palmo; y la sección romboidal de areniscas medio-palmo parecía ser sólo un elemento en una larga medialuna de pálidos amarillos.
Ambos diseños estaban allí; pero ¿se anulaban mutuamente o eran partes inseparables? Resultaba difícil ver los dos a la vez, pero no imposible.

Después de un largo rato, la pequeña Ga preguntó: —¿Hicimos todo eso sin saber que lo estábamos haciendo?
—Yo siempre me fijo en los colores de las rocas
—dijo Un en voz baja, mirando al suelo.
—Y yo también —dijo Ko—. Y en el grano y la textura. Yo empecé esa parte sinuosa de las Facetas del Cristal —dijo, señalando una antigua y famosa sección de la terraza, diseñada por el gran Oholothl—. El año pasado, después de la última inundación, cuando perdimos tantas piedras del diseño, ¿recuerdan? Traje un montón de amatistas de las Cavernas de Ubi. ¡Me encanta el púrpura! —El tono de Ko era desafiante.

Bu miró un círculo de turquesas pequeñas y lisas incrustadas en una esquina de una serie de rectángulos entrelazados.

—A mí me gusta el verdiazul —dijo Bu en un susurro—. Me gusta el verdiazul. A él le gustan los rojos. Nosotros vemos los colores de las piedras. Nosotros hacemos el dibujo. Nosotros hacemos el dibujo hermoso.
—¿Crees que debemos decírselo a los Profesores? —preguntó la pequeña Ga, excitada—. Quizá nos darían más comida.
El viejo Un abrió mucho los ojos. —¡Ni una palabra de esto a los Profesores! No les gusta que los diseños cambien, ya lo sabes. Los pone nerviosos. Podrían llegar a castigarnos.
—No tenemos miedo —dijo Bu en un susurro.
—Ellos no lo entenderían -dijo Ko—. Ellos no se fijan en los colores. Ellos no nos escuchan. Y si lo hicieran, pensarían que eran palabras de nur, que no significan nada. ¿No es así? Pero yo voy a volver a las Cavernas a buscar algunas amatistas para terminar esa parte sinuosa —dijo, señalando a las Facetas del Cristal, donde las reparaciones apenas habían comenzado—. Ellos ni siquiera las notarán.

El travieso blit de Ga, hijo del profesor Endl, estaba arrancando los guijarros del Triángulo Superior, y tuvieron que darle una zurra.

—Oh —suspiró Ga—, ¡está hecho un pequeño obl! Ya no sé qué hacer con él.
—Irá a la Escuela el año que viene —dijo Un secamente—. Allí sabrán qué hacer con él.
—¿Y qué haré yo sin él? —dijo Ga.

El sol ya estaba alto en el cielo ahora, y se veía a los Profesores mirando hacia las terrazas desde las ventanas de sus habitaciones. No les gustaría nada ver a nurs holgazaneando, y los blits estaban absolutamente prohibidos entre los muros del colegio. Bu y los otros se apresuraron a regresar a las madrigueras y a los lugares de trabajo.

Ko fue a las Cavernas de Ubi ese mismo día, y Bu lo acompañó; regresaron con sacos de hermosas amatistas y trabajaron varios días completando la parte sinuosa, que ellos llamaban las Olas Púrpura, de las Facetas del Cristal. Ko trabajaba con alegría y cantaba y bromeaba, y por la noche Bu y él hacían el amor. Pero Bu seguía inquieta. Continuaba estudiando los diseños de color de las terrazas, y encontraba más y más de ellos, y más y más significados e ideas.

—¿Todos hablan de los nurs? —preguntó el viejo Un. La artritis lo mantenía alejado de las terrazas, pero Bu lo ponía al corriente de sus descubrimientos a diario.
—No —dijo Bu—, la mayoría hablan de obls y nurs. Y de blits también. Pero los hicieron los nurs. Así que son diferentes. Los diseños de los obls en realidad no hablan nunca de los nurs. Sólo de los obls y de lo que los obls piensan. Pero cuando empiezas a leer los colores, ¡dicen cosas tan interesantes!

Bu estaba tan agitada y era tan persuasiva que otros nurs de Obling empezaron a estudiar los diseños de color, aprendieron a leer sus significados. La práctica se extendió a otras madrigueras, y pronto a otras ciudades. Antes de que pasara mucho tiempo, y a todo lo largo del río, otros nurs descubrían en sus terrazas extraños diseños de piedras de colores, y sorprendentes mensajes relativos a obls, nurs y blits.
Sin embargo hubo muchos nurs que se negaron firmemente a ver diseños en el color o a admitir que el color de una piedra pudiera tener significado. —Los obls confían en que nosotros no cambiemos las cosas —decían estos nurs—. Nosotros somos sus nurobls. Ellos nos necesitan para cuidar de los diseños, para tranquilizar a los blits y mantener el orden. De este modo ellos pueden dedicarse al trabajo importante. Si empezamos a inventar nuevos significados, a cambiar las cosas, a alterar los dibujos, ¿a dónde iremos a parar? Eso no es justo para los obls.
Pero Bu no prestaba oídos a estas cosas; sólo pensaba en lo que había encontrado. Ya no volvió a escuchar en silencio, sino que habló. Recorría las casas de trabajo y hablaba. Y una noche, armándose de valor y llevando al cuello, sujeta por un cordón, una turquesa perfecta, que ella llamaba la piedra de sí misma, subió a las terrazas. Pasó entre los sorprendidos Profesores y llegó al Mosaico del Rectorado, donde Astl la Rectora, una maestra venerable, se paseaba en solitaria meditación con el antiquísimo rifle colgado a la espalda y envuelta en las espirales de humo que salían lentamente de la pipa. Ni siquiera un Profesor Titular se hubiera atrevido a interrumpir a la Rectora en un momento tan sagrado. Pero Bu fue directamente hacia ella, se inclinó, se cubrió los ojos, y con voz trémula pero clara dijo: —iSeñora Rectora, señoría! ¿Podría la Señora Rectora en su bondad responder a una pregunta?
A la Rectora le desagradó y le encolerizó sobremanera aquel comportamiento escandaloso. Se volvió al Profesor más cercano y dijo: —Esta nur está loca. Llévesela de aquí, por favor.
Condenaron a Bu a diez días de cárcel y a ser violada por los Estudiantes cuando tuvieran ganas, y luego la enviaron a las canteras de losas durante cien días.
Cuando regresó a la madriguera, estaba embarazada de una de las violaciones y muy delgada por el trabajo en las canteras, pero todavía llevaba la turquesa. Los compañeros de madriguera y los amigos del trabajo la recibieron con canciones que habían compuesto con los significados de los dibujos de color de las terrazas. Ko la consoló con tierno afecto esa noche, y le dijo que el blit de ella sería el blit de él y el nido de ella sería también el nido de él.
No muchos días después, Bu entró en el colegio (por las cocinas) y se dirigió (con ayuda de los nurs-sirvientes) a la habitación privada del Canónigo.
El Canónigo del Colegio de Obling era un obl muy anciano, célebre por sus conocimientos de lingüística metafísica. Se despertaba despacio por las mañanas. Esa mañana se despertó despacio y miró con cierta perplejidad a la nur-sirviente que había venido a descorrer las cortinas y a servirle el desayuno. No parecía la misma de siempre. El Canónigo casi hizo ademán de buscar el rifle, pero estaba demasiado soñoliento.

—Hola —dijo entonces—. Eres nueva, ¿no es cierto?
—Quiero que me conteste a una pregunta —dijo la nur.

El Canónigo se despertó un poco más y miró a la extraña criatura.

—¡Al menos ten la decencia de cubrirte los ojos, nur! —dijo, aunque en realidad no estaba demasiado enfadado. Era tan viejo que ya no estaba seguro de cuáles eran las normas, y los posibles cambios ya no lo alteraban tanto como en otro tiempo.
—Nadie más puede contestarme —dijo la nur—. Por favor, contésteme. ¿Sabe usted si una piedra verdiazul en un dibujo puede ser una palabra?
—Oh, sí, desde luego —dijo el Canónigo, despabilándose—. No obstante, el significado verbal del color cayó en desuso hace mucho tiempo. Sólo es de interés para anticuarios, para viejos quisquillosos como yo, ja. Las palabras-color ya no se encuentran ni siquiera en los viejos diseños. Sólo en los Libros de Registro más antiguos.
—¿Qué significa?
El Canónigo se preguntó si no estaría soñando: ¡discutiendo de lingüística histórica con una nur antes del almuerzo! Aunque era un sueño divertido.
—El matiz verdiazul, como esa piedra que llevas al cuello, se empleaba como forma adjetiva dentro de un dibujo, y podía significar una cualidad de volición sin límites. Como nombre, el color habría significado, ¿cómo lo diría?, una ausencia de coerción, una falta de control, un estado de autodeterminación.
—Libertad —dijo la nur—. ¿Significa libertad?
—No, querida -dijo el Canónigo—. Lo significó. Pero no ahora.
—¿Por qué?
—Porque la palabra es obsoleta —respondió el Canónigo, empezando a cansarse de ese inexplicable diálogo—. Ahora, sé una nur buena y dile a mi sirvienta que me traiga el desayuno.
—Mire por la ventana -dijo la nur, con la mirada extraviada y con tanta vehemencia que el Canónigo se alarmó…—. ¡Mire por la ventana las terrazas! ¡Mire los colores de las piedras! ¡Mire los diseños que los nurs, el significado de lo que hemos escrito! ¡Mire la libertad! ¡Oh, por favor, mire!

Y con esta súplica final, la increíble aparición se desvaneció. El Canónigo se quedó mirando la puerta de la habitación, que se abrió al momento. La nur-sirviente de siempre entró con la bandeja de té de musgo y el humeante liquen ahumado.

—¡Buenos días, Señor Canónigo, señoría! —dijo ella con animación—. ¿Ya despierto? ¡Hace una hermosa mañana! —Y después de dejar la bandeja junto a la cama, descorrió las cortinas.
—¿Ha estado aquí hace un momento una joven nur? —preguntó el Canónigo, muy nervioso.
—Ciertamente no, señor. Al menos, no que yo sepa —dijo la nur-sirviente.
¿Lo había imaginado o la nur lo había mirado un momento directamente, deliberadamente? ¿ Había tenido la audacia de mirarlo? Eso no era posible.
—Las terrazas están preciosas esta mañana —continuó ella—. Su Canonidad debería echar un vistazo.
—Fuera de aquí, fuera —gruñó el Canónigo, y la nur se cubrió los ojos y salió haciendo una reverencia afectada.

El Canónigo tomó el desayuno en la cama y después se levantó. Fue hasta la ventana para mirar las terrazas del colegio a la luz de la mañana.
Por un momento, pensó que estaba soñando de nuevo, porque vio dibujos enteramente diferentes a aquellos que había visto durante toda su larga vida en esas terrazas, significados inimaginables, una asombrosa novedad de sentido y belleza... y entonces abrió los ojos de par en par y parpadeó; y ya no estaba. El orden familiar y verdadero de las terrazas se revelaba claro y regular a la luz matinal. Y no había nada más que ver. El Canónigo se partó de la ventana y abrió un libro.
Por eso no vio la lara fila de nurobls que salían de sus madrigueras y sus lugares de trabajo bajo los muros de cantos rodados, y se acercaban cargando a su blits y bailando, bailando y cantando en las terrazas. Escuchó los cantos como un ruido sin significado. Sólo cuando la primera piedra voló a través de la ventana se decidió a levantar la cabeza y gritó agitado: —¿Qué significa esto?