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lunes, 11 de junio de 2012

Flor de Mambo

Flor de Mambo
Para bailar!!!!! En vivo

Hey Mamma Wolf!!

https://www.youtube.com/watch?v=eX_kPCX63I4&list=PLFA0D74C1A284ECF7

Devendra Banhart


Devendra Banhart

Para ver y oir . Devendra Banhart

La sirena. Ray Bradbury

La sirena. Ray Bradbury Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce, y encendíamos los faros de niebla en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos el rayo de luz, rojo, luego blanco, luego rojo otra vez, que miraba los barcos solitarios. Y si ellos no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena, que temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba y alejaba a las gaviotas como mazos de naipes arrojados al aire, y hacía crecer las olas y las cubría de espuma. -Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es cierto? -preguntó McDunn. -Sí -dije-. Afortunadamente, es usted un buen conversador. -Bueno, mañana irás a tierra -agregó McDunn sonriendo- a bailar con las muchachas y tomar ginebra. -¿En qué piensa usted, McDunn, cuando lo dejo solo? -En los misterios del mar. McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz movía su cola en doscientas direcciones, y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En ciento cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones; sólo un camino solitario que atravesaba los campos desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas, y unos pocos barcos. -Los misterios del mar -dijo McDunn pensativamente-. ¿Pensaste alguna vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro. Una noche, hace años, todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los ojitos. Me quedé helado. Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios-luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios? Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la nada. -Oh, hay tantas cosas en el mar. -McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo nervioso durante todo el día y nunca dijo la causa-. A pesar de nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez mil siglos antes de que pisemos realmente las tierras sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía el año 300,000 antes de Cristo. Cuando nos paseábamos con trompetas arrancándonos países y cabezas, ellos vivían ya bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa. -Sí, es un mundo viejo. -Ven. Te reservé algo especial. Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn apagó las luces del cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y giraba con suavidad sobre sus cojinetes aceitados. La sirena llamaba regularmente cada quince segundos. -Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? -McDunn se asintió a sí mismo con un movimiento de cabeza-. Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche. Echado aquí, al borde de diez billones de años, y llamando hacia los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y los abismos le responden, sí, le responden. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es hora que lo sepas. En esta época del año -dijo McDunn estudiando la oscuridad y la niebla-, algo viene a visitar el faro. -¿Los cardúmenes de peces? -No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no puedo callar más. Si mi calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, empaquetas tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el galpón del muelle, y escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar nunca las luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta vez hay alguien conmigo. Espera y mira. Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos de esperar, McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena. -Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: "Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida". La sirena llamó. -Imaginé esta historia -dijo McDunn en voz baja- para explicar por qué esta criatura visita el faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella viene... -Pero... -interrumpí. -Chist... -ordenó McDunn-. ¡Allí! -Señaló los abismos. -Algo se acercaba al faro, nadando. Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz iba y venía, y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no podía ver muy lejos, ni muy claro, pero allí estaba el mar profundo moviéndose alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo, gris como barro, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se elevó una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma. Y en seguida, desde la superficie del mar frío salió una cabeza, una cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego... no un cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros por encima del agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una islita de coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola se sacudió sobre las aguas. Me pareció que el monstruo tenía unos veinte o treinta metros de largo. No sé qué dije entonces, pero algo dije. -Calma, muchacho, calma -murmuró McDunn. -¡Es imposible! -exclamé. -No, Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros. El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las aguas frías. La niebla iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su forma. Uno de los ojos del monstruo reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca, roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de una mano enviase un mensaje en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el silencio de la niebla. Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera. -¡Parece un dinosaurio! -Sí, uno de la tribu. -¡Pero murieron todos! -No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy, muy abajo en los más abismales de los abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real; dice tanto: los abismos. Una palabra con toda frialdad y la oscuridad y las profundidades del mundo. -¿Qué haremos? -¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, estamos aquí más seguros que en cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es tan grande como un destructor, y casi tan rápido. -¿Pero por qué viene aquí? En seguida tuve la respuesta. La sirena llamó. Y el monstruo respondió. Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan angustioso y solitario que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El monstruo le gritó a la torre. La sirena llamó. El monstruo rugió otra vez. La sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca dentada, y de la boca salió un sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano. Un sonido de soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido. -¿Entiendes ahora -susurró McDunn- por qué viene aquí? Asentí con un movimiento de cabeza. -Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar adentro, y a treinta kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo. Quizás esta solitaria criatura tiene un millón de años. Piénsalo, esperar un millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último de su especie. Yo así lo creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres y construyeron este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó hasta donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no te pertenece, un mundo del que debes huir. El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra vez, y te mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los lentes de una cámara de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente, lentamente, pues tienes todo el peso del océano sobre los hombros. Pero la sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar, y en el horno de tu vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente. Te alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y subes lentamente por los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas, y octubre con más niebla, y la sirena todavía llama, y luego, en los últimos días de noviembre, luego de ascender día a día, unos pocos metros por hora, estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir lentamente: si te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro. Y ahí estás, ahí, en la noche, Johnny, el mayor de los monstruos creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello largo como el tuyo que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz como la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes? La sirena llamó. El monstruo respondió. Lo vi todo..., lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a alguien que nunca volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar, la locura del tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los perezosos y dientes de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como hormigas blancas por las lomas. La sirena llamó. -El año pasado -dijo McDunn-, esta criatura nadó alrededor y alrededor, alrededor y alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría yo. Temerosa, quizás. Pero al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla, brilló el sol, y el cielo era tan azul como en un cuadro. Y el monstruo huyó del calor, y el silencio, y no regresó. Imagino que estuvo pensándolo todo el año, pensándolo de todas las formas posibles. El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se gritaban en forma alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del monstruo eran fuego y hielo. -Así es la vida -dijo McDunn-. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más. El monstruo se acercaba al faro. La sirena llamó. -Veamos qué ocurre -dijo McDunn. Apagó la sirena. El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír nuestros corazones que golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado girar de la luz. El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna parpadearon. Abrió la boca. Emitió una especie de ruido sordo, como un volcán. Movió la cabeza de un lado a otro como buscando los sonidos que ahora se perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su interior. Y se le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre con ojos furiosos y atormentados. -¡McDunn! -grité-. ¡La sirena! McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes de que la sirena sonase otra vez, el monstruo ya se había incorporado. Vislumbré un momento sus garras gigantescas, con una brillante piel correosa entre los dedos, que se alzaban contra la torre. El gran ojo derecho de su angustiada cabeza brilló ante mí como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron hechos trizas sobre nosotros. McDunn me tomó por el brazo. -¡Abajo! -gritó. La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi caímos por la escalera. -¡Rápido! Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos bajo las escaleras en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un millar de golpes. La sirena calló bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre, y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn y yo nos abrazamos mientras el mundo estallaba. Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las olas contra los escalones de piedra. Eso y el otro sonido. -Escucha -dijo McDunn en voz baja-. Escucha. Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del enorme monstruo doblado sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su cuerpo llenaba el sótano. El monstruo jadeó y gritó. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura que llamó a través de un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y llamaba. Eran los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido debían de pensar: ahí está, el sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria. Todo está bien. Hemos doblado el cabo. Y así pasamos aquella noche. A la tarde siguiente, cuando la patrulla de rescate vino a sacarnos del sótano, sepultados bajo los escombros de la torre, el sol era tibio y amarillo. -Se vino abajo, eso es todo -dijo McDunn gravemente-. Nos golpearon con violencia las olas y se derrumbó. Me pellizcó el brazo. No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La materia verde que cubría las piedras caídas y las rocas de la isla olían a algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las aguas desiertas golpeaban la costa. Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo había conseguido trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una acogedora casita de ventanas amarillas en las noches de otoño, de puertas cerradas y chimenea humeante. En cuanto a McDunn, era el encargado del nuevo faro, de cemento y reforzado con acero. -Por si acaso -dijo McDunn. Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y detuve el coche y miré las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba una, dos, tres, cuatro veces por minuto, allá en el mar, sola. ¿El monstruo? No volvió. -Se fue -dijo McDunn-. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando. Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo. Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo. FIN

domingo, 10 de junio de 2012

Vidas Privadas. Gorodischer

—¿Ya vio a sus nuevos vecinos? —me preguntó. —No —dije, esperaba que con la suficiente brus¬quedad como para desalentar el diálogo. Vieja víbora. Cada vez que me veía intentaba ini¬ciar una conversación. Hasta me parece que vigilaba mis horas de salida para acercarse a decirme algo. No las de llegada por suerte, porque vuelvo tarde del es¬tudio y a esa hora ella ya había hecho la limpieza de los paliers, la escalera y el hall de entrada y se había ido. Fue lo único que no me gustó del edificio. Todo lo demás es perfecto y lo supe en cuanto lo vi. Es un art déco muy gris, muy blanco y negro de los años trein¬ta. A los lados de la puerta hay dos locales, una pape¬lería y la oficina de un contador. En el primer piso, uno de los departamentos está alquilado por tres psicólogos y el otro por dos abogados. Todos tienen horas de consulta a la tarde cuando yo no estoy y se van cuando yo llego. Apenas si veo a alguien muy de tarde en tarde, buenas noches, buenas noches, qué frío, o qué calor hace, sí es cierto, qué barbaridad, adiós. Segundo piso, dos departamentos, el mío y otro igual al mío pero desocupado. No tardé ni diez mi¬nutos en decirle al de la inmobiliaria que sí, que lo compraba. Cómo habrá sido que me sugirió que die¬ra otra recorrida y volviera a mirarlo bien, sanitarios, pisos, zócalos, esas cosas. No me acuerdo si le hice caso o no: ya lo había decidido. Me mudé tres semanas después, cuando entregué el departamento en el que había estado viviendo y cuando terminaron de pintar y hacer algunos arre-glos en el nuevo. Y ahí me encontré con la vieja víbo¬ra que intentaba saber quién era yo, cómo me llama¬ba, de qué me ocupaba, con quién vivía, qué edad te¬nía, en dónde trabajaba, cuánto ganaba, si tenía auto y todo otro dato para compartir, supongo, con algu¬na congénere bífida del barrio. Nunca le di el gusto y terminé por acostumbrarme a desairarla. Tengo que reconocer que no se desanimaba así nomás, pero lle¬gó un momento en el que dejó de molestarme y nos limitamos a los buenos días. Hacía más de dos años que vivía ahí cuando se ocu¬pó el otro departamento, el del segundo piso al lado del mío. Confieso que ni me enteré de que tenía veci¬nos hasta que no vi el reflejo de la luz del comedor. Supuse que era el comedor porque los dos departa¬mentos son idénticos sólo que al revés, como suele suceder. También confieso que sentí cierto desánimo. Había sido una casa sosegada, silenciosa, tranquila a más no poder. Cuando yo salía para el estudio la pa¬pelería estaba cerrada y el escritorio del contador tam¬bién. En el primer piso no había nadie, y la vieja víbora solía estar barriendo la vereda. Cuando yo volvía la papelería estaba abierta, cosa que me venía muy bien por si necesitaba algo, el escritorio del contador a veces también pero por poco rato, y en el primer piso ya no quedaba gente. Y la vieja, Dios sea loado, se había ido hacía mucho. Los fines de semana el edifi¬cio era todo mío, cosa que no me inquietaba en abso¬luto, al contrario. Podía poner música, ver alguna pe¬lícula por televisión, escuchar la radio, y hasta po¬día dedicarme a cosas más extravagantes como cantar, hacer tap dance, organizar fiestas negras, deslizarme en patineta por el living, romper los platos contra las paredes, levantar pesas, saltar a la cuerda. Por supues¬to que nunca hice esas cosas extravagantes pero po¬dría haberlas hecho. Pensé en todo lo que podría haber hecho y no hice y ya no haría porque tenía vecinos a quienes conside¬rar, cuando supe que había alguien en el departamen¬to de al lado. Y como suele sucederle a la gente y más a una persona como yo que ama la privacidad, empe¬cé a prestar atención a los ruidos. En primer lugar era raro que se oyeran ruidos de manera que tenía que acostumbrarme; y en segundo lugar, no sé si para eso, para acostumbrarme, o por pura curiosidad, quería saber a qué obedecían los rui¬dos, si eran voces, pasos, cacerolas en la cocina, li¬bros en el living, llantos, risas, patadas, o qué. En otras palabras, qué era lo que pasaba al lado. Se me ocurrió, cómo no se me iba a ocurrir, que habría un ocupante o una ocupante que guardara su intimidad como yo guardaba la mía, celosamente; al precio de la soledad, sí, pero sin dar lugar a la invasión de los demás. Du¬rante unos días pareció como si los ruidos de al lado me dieran la razón. Pero después dos cosas: la vieja que me habló de "sus vecinos" una mañana, y yo que la noche anterior había oído voces por primera vez. Entonces, claro, había en el departamento más de una persona. Supuse que me encontraría con alguien en el palier o en la escalera alguna vez y así fue. Tardó, el encuen¬tro, digo, pero una tarde de invierno alguien me precedió en la escalera y al llegar al palier hubo un bue¬nas noches. —Buenas noches —contesté mientras él y yo po¬níamos la llave en la cerradura de cada departamento. Era un tipo canoso, de sobretodo oscuro, que lle¬vaba los guantes en la mano izquierda, cosa que no me extrañó porque hacía un frío húmedo y desagra-dable. Fue todo lo que pude ver. Y lo que pude oír fue que tenía una voz gruesa, bien modulada. Actor, pen¬sé. No, locutor. También pensé: dentro de poco me voy a parecer a la vieja víbora, tratando de averiguar cosas de la gente. Cerré la puerta y me olvidé del asun¬to. Hacía frío, como dije, las ventanas estaban cerra-das, vidrios y persianas porque anochecía temprano, y no se veían reflejos de luz ni se oían ruidos ni voces. Además yo tenía mucho que hacer, qué me iba a an-dar ocupando de los vecinos. Un par de veces más me encontré con el canoso, buenas noches, parece que el tiempo va a mejorar, y bueno es la época, claro, buenas noches. La época, eso justamente fue lo que me jugó la mala pasada. Yo me iba olvidando de que tenía veci¬nos, sólo que llegó la primavera y abrí las ventanas y ellos también las abrieron. Casi no me acuerdo de mi lectura escolar de La Divina Comedia pero creo que al infierno se va en¬trando de a poco. Quiero decir que la cosa es desde el principio muy trágica pero que se va poniendo peor a medida que el camino serpentea hacia abajo. Así fue. —¡Estúpida! —le reconocí la voz: ése era el cano¬so—. ¡Sos una estúpida, mirá lo que hiciste! La respuesta fue un gimoteo con algunas palabras que no se distinguían bien. Después hubo un silen¬cio. La noche era estupenda, una verdadera noche de primavera, ideal para un poco de música, música fes¬tiva, alegre, como de campanillas o castañuelas o pan¬deretas. Estaba pensando qué disco poner cuando la mujer de al lado le gritó al canoso: —¿Ves cómo sos? Esta vez vos tenés la culpa. Todo lo de agradable, profundo, atractivo que te¬nía la voz del canoso, lo tenía la voz de la mujer de chirriante, sosa, aguda, metálica. Una voz de cotorra, de caricatura, de chusma de conventillo: una voz que salía de la garganta, que no sabía de respiración ni de diafragma ni de resonancia. —Calláte, ¿querés?—dijo él. La mujer se calló y no hubo nada más por esa no¬che, salvo ruido de platos, de agua en la pileta, pasos, esas cosas normales, hasta que se apagaron las luces. Pero yo no puse música, ni Boccherini ni Telemann, ni nada. Me fui a dormir pensando Dios mío, si esto sigue así voy a tener que cerrar las ventanas, no voy a poder salir jamás al balcón, no voy a poder usar ya nunca más el living o el comedor, por lo menos no en primavera ni en verano; me voy a tener que encerrar en el dormitorio o en la cocina hasta que llegue el in¬vierno otra vez. No siguió así, no: se puso peor. A la noche siguien¬te ella le reprochaba algo a él cuando yo llegué. Abrí la puerta y oí los gritos. Casi la vuelvo a cerrar y me voy a la calle otra vez, pero no: todo lo que yo quería era estar en mi casa después de un día que había re¬sultado bastante pesado. Entré y cerré detrás de mí. Los vecinos estaban en plena función. —¡Y no me digas que no lo hiciste a propósito! —gritaba la mujer—. ¡Yo te conozco, te conozco muy bien, lo hiciste para hacerme rabiar y encima te reías! ¡Sos un desgraciado, eso sos, pero cuidáte, ¿eh?, cuidáte porque uno de estos días hago la valija y me voy, ya vas a ver, y me va a gustar saber qué vas a hacer sin mí! —¡Terminála! —interrumpió él—. Terminála, hacé el favor. Cuándo vamos a tener un día en paz, me querés decir. —Sí, claro, terminála —chilló ella—, para vos sí que es fácil, total, te vas a la calle y yo me quedo aquí como una idiota deslomándome por vos. ¿Y vos qué hacés, eh? Decíme ¿qué hacés? —Trabajar, qué querés que haga —dijo él cuando pudo. Pero eso no era lo que ella quería. Ella quería se¬guir peleando: —Sé, trabajar. Trabajar es lo que vos decís pero uno de estos días te sigo y voy a ver en qué andás metido. Él se puso sarcástico: —Eso, andá, seguíme, ya vas a ver la vida loca que llevo entre farras y champán, tirando manteca al te¬cho, pero por favor, las cosas que tengo que oír. ¿De dónde te creés que sale la plata para comprarte vesti¬dos y perfumes y chafalonías, de dónde? De mi tra¬bajo sale, de ahí. Ella lloraba: —Sos un desalmado —dijo. —Má sí—dijo él. Y ahí terminó todo por esa noche. A la otra el ca¬mino que serpentea hasta el último círculo pareció ha¬ber llegado a una meseta. Abrí la puerta con mucho cuidado, como si pudie¬ran verme u oírme, y entré despacito. No se oía nada. Aleluya, pensé, no están. Pero estaban: se veía el re¬flejo de la luz en el balcón. Y sin embargo había un bendito silencio, nadie peleaba, nadie gritaba, nadie lloraba. Como al rato él se rió. —Andá —dijo ella—, no seas malo. Pero no se peleaban: parecía que por fin iban a te¬ner un día en paz, como quería él la noche anterior. Se reían los dos. Después se oyeron pasos, se apagó la luz, una puerta se cerró y yo puse Boccherini aunque la noche no era tan perfecta. A la siguiente se gritaron de nuevo, pero en cuanto empezaron yo cerré las ventanas y me fui a leer al dormitorio. A la otra también pero llovía a cántaros y casi no se oía lo que decían. Cuando la lluvia arreció y empezó a soplar viento, cerré las persianas y ya no se oyó nada más. Hubo una tregua. Durante unos días no los oí. Había ruidos, los ruidos de una vida doméstica co¬mún, pasos, platos, televisión por suerte no demasia¬do estridente, puertas que se cierran, agua, todo eso que habla de vida cotidiana y no de círculos del in¬fierno. Casi pensé que todo se había arreglado. Pero no, no se había arreglado nada. En lo peor del mes de diciembre, cuando el aire pesa como toalla húmeda y no se puede ni respirar, cuando yo abría las ventanas tratando de que entrara un poco del fresco que no existía para este hemisferio, el camino del in¬fierno empezó a descender de nuevo. Mierda, pensé, esto no puede seguir así, o se van ellos o me voy yo. Me consolé pensando que el dos de enero me iba de vacaciones. Si no hubiera sido por esa perspectiva, esa noche voy, les toco el timbre y les digo de todo. De todo fue lo que se dijeron ellos. Ella, que lo odiaba, que no se explicaba por qué seguía viviendo con él, que él era un canalla, un traidor, un mujeriego, borracho, ju¬gador, inútil y no me acuerdo qué otras lindezas. Él le dijo que si tanto lo odiaba y no se explicaba por qué vivía con él, pues que se fuera, que él no la había lla¬mado ni le había pedido que se fuera a vivir con él, vamos, que se fuera de una vez. Ella aulló. No gritó: aulló, y parece que el aullido había sido una especie de carcajada de desprecio por¬que al segundo nomás empezó esta vez sí a gritarle: —¡Cómo que no me pediste! ¡De rodillas me pediste! ¡Me rogaste, me suplicaste que me fuera a vivir con vos y yo que soy una tonta te lo creí! ¡Te lo creí! ¡Te creí todo lo que me dijiste! Y hasta me fui a vivir con vos a esa pocilga inmunda. —Bien contenta tenés que estar de haber ido a esa pocilga como vos decís. ¿O no te acordás de dónde venías cuando te encontré, eh? ¿Te acordás o no, eh? Mucho hacerte la fina pero bien de abajo que te le¬vanté. Ella volvió a aullar y yo me fui al dormitorio, cerré la puerta, me metí en la cama y traté de dormir. Cosa que no pude hacer porque tenía hambre. Hambre, eso tenía. No había podido hacerme un bocado de comer gracias a la pelea que habían montado esos chiflados en el departamento de al lado, pero no era yo quien se iba a levantar para ir hasta la cocina, cocinar algo, lle¬varlo al comedor y comer. ¿Comer con semejante batalla campal ahí al lado? Ni pensar. Finalmente me dormí. Llegó el fin de año, lo pasé con amigos y el dos de enero me tomé unas vacaciones. Diez días, más no hubiera podido, con todo el trabajo que había. Pero me vinieron de perlas. Allá tan lejos las peleas de mis vecinos hasta me parecían divertidas. Y todavía me lo parecieron cuando los dos primeros días se volvieron a pelear como perro y gato. Me duraba el buen hu¬mor de los días de ocio. Al tercero, cuando ya estaba trabajando como siem¬pre y empezaba a sospechar de nuevo que estaba tran¬sitando el camino que va hacia abajo en ilustre compañía pero hacia abajo quisiera o no, un nuevo ingre¬diente se agregó a la función. Se reconciliaron. Supongo que después de cada pelea se reconcilia¬ban, pero por lo menos hasta entonces lo habían he¬cho en silencio o en el dormitorio, lejos de mis oídos. Esa vez fue en el living y no pude dejar de oír. Llegó un momento en el que pensé que eran preferibles los gritos y los insultos. Yo estaba ahí, como si hubiera echado raíces en el piso, y en vez de indignación y fastidio como cuando se peleaban, me dio asco. Esas cosas se hacen en la intimidad, en la penum¬bra, en voz baja, lejos de los oídos del prójimo aun¬que claro, ellos no sabían que yo estaba del otro lado de la pared, en la puerta del balcón de al lado, escu¬chando. Se dijeron las cursis obviedades que se dicen las parejas cuando empiezan a juguetear, cuando los dedos recorren un cierre sin abrirlo todavía, cuando las bocas se juntan y se rechazan y vuelven a juntarse, cuando los labios arden, cuando de las mejillas el ru¬bor baja a la entrepierna y jugos se destilan que quie¬ren humedecer el cuerpo del otro, cuando los muslos se deslizan sobre las sábanas arrugadas y los brazos buscan cómo llenar ese vacío intolerable. Gemían y se reían y ella decía ay ay ay y él le preguntaba de quién es esa boquita. Parecía un chiste. Un chiste viejo y malo, contado por escolares en los baños del cole¬gio para excitarse. Esos dos asquerosos habían conse¬guido excitarme. Por un momento, ¿de quién es esa mariposita? dijo él y yo ya me imaginaba a qué le lla¬maría mariposita y ella dijo tuya tuya tuya, por un momento pensé en mi soledad y casi me dije que era preferible tener una pareja de mierda con la que pe¬learse todas las noches a los gritos que no tener a na¬die. Y entonces ella dijo: —Me la hice tatuar por vos, por vos, ¿te acordás?, cuando vos la mirabas a la loca esa de la Dafne que tenía una flor colorada tatuada acá, ¿te acordás? Él dijo algo así como pobrecita mía te dolió y ella dijo siiiiiii, muuuucho muuuuuchito pero lo hice por voooooos. Una mariposita, qué horror. Me pregunté adónde se la habría hecho tatuar y por primera vez traté de imaginármela a ella y no pude y me di cuenta de que nunca la había visto. A él sí, pero a ella nunca. Pobre mina, pensé mientras todo estaba en silencio, pobre mina, hay que ver también, todo el día metida en la casa, cualquiera se vuelve loca, a mí si me pasa eso me ponen el chaleco y me llevan al manicomio sin esca¬las. Ella gritó. Fue un grito de amor, no de batalla, y él dijo algo, jadeando. No aguanté más. Me fui al dor¬mitorio, cerré la puerta, me desnudé, fui al baño y me di una ducha fría. Para cuando salí, con un toallón a modo de túnica, todo había terminado y ellos hacían planes. —¿A Mar del Plata? —preguntó él. —Adonde vos quieras, mi amor. Me fui a dormir y di ciento y una vueltas en la cama sin poder pegar un ojo. A las dos de la mañana decidí que me mudaba. A las tres tenía el diario abierto sobre las rodillas y leía los avisos de departamentos en venta. A las cuatro tiré el diario y le presté atención a un dolor que me nacía en el centro del cuerpo y se derramaba por mis brazos y mis piernas como almí¬bar. No, no me iba a mudar: tenía que seguir ahí, oyén¬dolos gritarse y sintiendo esa mezcla de furia y fascinación y fiebre y repulsión y preguntándome por qué estaba yo de este lado y ellos del otro. A las cinco logré dormirme. Al otro día compré el diario camino al estudio y me prometí que revisaría atentamente las ofertas de departamentos. Cuando volví a casa no se oía nada. Comían en silencio. En buena armonía, me dije. No todo silencio es armonía: a la madrugada me desper¬taron los gritos. Me levanté y fui a escuchar. Ella de¬cía otra vez que lo odiaba. —No me importa —decía él casi con tranquili¬dad—. ¿Sabés una cosa? No me importa, no me im¬porta nada de vos, ni si me odiás ni si dejás de odiar¬me. Por mí hacé lo que quieras. Vos no me importás nada. Sos una basura y siempre lo fuiste. Cuanto an¬tes te vayas, mejor. —¡No me voy a ir nada, no me voy a ir nada, no me voy a ir nadaaaaaa! —Bueno, no te vayas, me da lo mismo, me voy yo. Se oyó el ruido de una cachetada. —Pero ¿vos estás loca? —dijo él—. A mí no me ponés la mano, encima, ¿estamos? Asquerosa de mierda. —¡Me escupiste! —gritó ella—. ¡Me escupiste! —No te merecés otra cosa —dijo él, tranquilo de nuevo. Ella pegó uno de sus aullidos y se oyó un ruido como de cuerpo que caía. Uy, pensé, la empujó. Al¬guien corría. Una puerta. Otra corrida. —¡Salí! ¡Dejá eso! —gritó él. Ella seguía aullando y siguió aullando durante un tiempo que me pareció insoportablemente largo. Pero terminó por calmarse. Él no decía nada y ella empezó a llorar. Lloraba fuerte, con sollozos y quejidos, se callaba un poco y volvía a llorar. Se me ocurrió que se iban a reconciliar y que yo los iba a oír y que eso era más de lo que yo podía aguantar. Chau, dije, que hagan lo que quieran, que franeleen, que se revuel¬quen, que se tiren por el balcón si se les da la gana, y me fui a dormir y qué raro, me dormí enseguida y me desperté con el tiempo justo para tomar un café negro demasiado caliente, ducharme e irme al estudio. No podía dejar de pensar en ellos. Trabajaba en lo mío, mal pero trabajaba, miraba a mi alrededor, veía lo mismo que veía todos los días, y no podía dejar de pensar en ellos. ¿Él le habría preguntado por la mariposita? Mientras yo dormía, ¿él la habría acari¬ciado hasta que a ella se le había pasado? ¿Ella le ha¬bría dicho que la mariposita era de él y sólo de él? —¿Qué te pasa? ¿Qué tenés? —me preguntó Gabriela. —Nada —dije—, un poco de cansancio. —Qué habrás andado haciendo en La Paloma vos —dijo Gabriela riéndose. ¿Qué me pasaba? Nada, un poco de cansancio. ¿Qué tenía? Nada, no tenía nada. Ellos se tenían, fue¬ra como fuese, con peleas y odios y todo, pero se tenían. ¿Yo qué tenía? Compañeras de trabajo, amigos, Dvorak y Rameau. Nada, eso tenía: nada. Cuando volví esa tarde, no se oía ni un suspiro. Sabía que estaban porque veía el reflejo de la luz del living en el balcón, pero no se oía nada. Ni ruido de platos, ni pasos, ni agua en la pileta. Puse música, des¬pacito por si acaso, comí algo, leí y me fui a dormir. Al día siguiente una de las psicoanalistas del pri¬mer piso vino a decirme que a la vieja víbora la habían internado con no sé qué problema y que teníamos que buscar quien la reemplazara. Que si yo estaba de acuer¬do en que ella, la psicoanalista, contratara provi¬soriamente a la señora que le hacía la limpieza a ella, hasta que a la vieja la dieran de alta. Le dije que sí, que cómo no, que claro, y que me avisara cuánto había que poner, gracias, de nada, hasta luego. La señora que le hacía la limpieza a la psicoanalista resultó un tesoro. Discreta, silenciosa, limpia y pro¬lija, una maravilla. Deseé que a la vieja la tuvieran in¬ternada durante un año por lo menos. En el departa¬mento de al lado seguía habiendo silencio. A la noche había luz, pero otra vez y por suerte para mí, no se oía nada. Al principio no me di cuenta. Sabía que algo olía mal, pero no sabía qué era. Pensé que me había deja¬do un resto de comida en algún rincón de la heladera y la revisé estante por estante. Tiré unas tajadas de jamón que me parecieron sospechosas y pasé un tra¬po húmedo con bicarbonato por toda la heladera. Al otro día el olor era insoportable y cuando tocaron el timbre pensé que era de nuevo la psicoanalista del primero pero no, era el contador de la planta baja. Si yo no creía que había que llamar a la policía. —¿A la policía? —Sí, fíjese que sus vecinos no contestan y hace tres días que la luz está prendida y este olor, francamente, creemos que algo grave ha pasado. —Oh, por favor —dije—, no me va a decir que él la mató. Pero cuando le vi la cara dejé de sonreír. Estaba serio el tipo, serio, preocupado, la frente fruncida y los ojos como amenazadores. Pensándolo bien, sí, era posible que la hubiera matado. El olor, aunque yo no me hubiera dado cuenta hasta ese momento, el olor era olor a muerto, no a jamón rancio en mi heladera ni en la heladera de nadie. —Está bien —dije—, sí, llamen a la policía. No fui al estudio. Llamé y dije que me sentía mal, cosa que no era del todo mentira. Tocaron el timbre del departamento de al lado, lla¬maron a los gritos, golpearon, trataron de mirar para adentro desde mi balcón y al final echaron la puerta abajo. Como en las películas. Como en las películas el contador se tapó la boca pero fue inútil, vomitó hasta el forro de las tripas ahí nomás en el palier. Como en las películas el cadáver del canoso estaba tirado en el living, hinchado, cu¬bierto de moscas, el mango de una cuchilla de cocina saliéndole del pecho un poco a la izquierda. Yo tam¬bién tenía ganas de vomitar pero me quedé mirándo¬lo hasta que uno de los policías me dijo que me fuera, que ya me iban a llamar para interrogarme. Como en las películas. Después me enteré: la mujer había desaparecido. Se había ido, presumiblemente llevando una valija porque su ropa no estaba. Los placares estaban abier¬tos, los cajones tirados y había perchas y cajas despa¬rramadas por el suelo. No había zapatos ni carteras ni bijouterie ni cremas, polvos, sombras, perfumes, es¬maltes de uñas, shampoo, ni nada. Se había ido. No había dejado nada de ella y nadie sabía siquiera cómo se llamaba porque el departamento estaba a nombre de él. Lo había matado y se había ido llevándose la ropa y los collares y los perfumes y las medias que él le había comprado; se había ido para siempre y yo ya nunca iba a saber cómo era. A menos que la agarraran. Pero no la agarraron. La buscaron, salieron las no¬ticias en los diarios, al principio en primera página, después en la seis, después en la veintitrés y después dejaron de salir. —Che, ¿no lo habrás matado vos, no? —me pre¬guntó Gabriela. —No —dije. La vieja víbora se murió. Sí, se murió. La habían internado para una operación de vesícula y tuvo no sé qué, una infección, peritonitis, septicemia, y se mu¬rió. Leonor, la señora que le hacía la limpieza a la psi¬coanalista, ocupó su lugar con mis beneplácitos. Nun¬ca se metió conmigo ni me preguntó nada ni me hizo comentarios acerca de nada. Buenos días, buenos días, y eso era todo. Era de noche y hacía un mes que la mujer lo había despachado al canoso cuando oí pasos en el palier. No me asusté y eso que era sábado y nadie tenía por qué estar en el edificio salvo yo que había recuperado la privacidad de mi vida. No me asusté y abrí la puerta. El palier estaba oscuro, así que alargué el brazo y apre¬té el botón de la luz. Había un tipo junto a la puerta del departamento de al lado. No hacía nada, simplemente estaba ahí, parado, como esperando. —No hay nadie —le dije. Él me miró. —Nadie —repetí. Era alto y muy gordo. Muy blanco también. Algu¬na vez había sido rubio, pero ahora le quedaba una corona de pelos entre blancos y amarillentos alrede-dor de la calva brillante. Tenía una nariz respingada y una boca dócil y ojos claros. Estaba vestido con un pantalón gris y una remera azul desteñida y mocasines sin medias. El cinturón que le sostenía los pantalones quedaba muy abajo, como soportando ese vientre acuoso, expresivo, proa insolente cuando levantaba la cabeza. La carne blanca y fofa le asomaba por el borde del escote de la remera y se le desparramaba por encima del cinturón cada vez que se movía. Esa carne debía ser suave, suave y lampiña y rosada, blan¬da si alguien la apretaba, como la de los muñecos chi¬llones, celuloide sonriente, goma hueca, una pesa de plomo en la panza que los hace ponerse de pie ines¬peradamente cuando alguien los echa a rodar. —Ya sé —dijo—, ya sé que no hay nadie. La voz se le arrastraba, baja y casi murmurante, caricatura de una caricatura, forzando un timbre desacostumbrado, tratando de mantenerla allí, obedien¬te. Se me cerró la garganta. —Andáte —le dije—, andáte de una vez. —No —dijo él—, no me eches, no tengo adónde ir. Hizo un movimiento como para separarse de la puerta y la remera se le deslizó hacia un costado. La mariposa roja y azul estaba tatuada en el brazo, un poco por debajo del hombro. Cuando él se movía, la mariposa se movía; cuando estaba quieto, la mariposa se quedaba quieta. —Aquí no podés quedarte —le dije. —No tengo adónde ir —repitió. —No, claro, me imagino que no. —Vendí todo lo que tenía —dijo. Pensé en las noches de Boccherini, en el reflejo de la luz del comedor de al lado en mi balcón, en los pa¬sos que resonaban tan cerca pero no en los pisos de mi departamento, en mi dormitorio con la puerta cerra¬da contra todo lo que pudiera venir de afuera a herir¬me los oídos. Pensé, sobre todo, en el invierno que vendría. Me reí: qué diría Gabriela, qué dirían los psi¬coanalistas del primer piso. Abrí del todo mi puerta. —Entrá —le dije.